El conflicto ha destruido parte de las infraestructuras de los ‘petroestados’ del Pérsico, amplificado sus riesgos bursátiles e inculcado dudas geopolíticas a su inquebrantable apoyo a EEUU y a su otrora archienemigo regional, Israel. Las monarquías del Golfo están detectando fugas de capital y se calculan contracciones del PIB de hasta dos dígitos en un escenario de conflicto prolongado
Trump ordena crear un fondo soberano que respalde los intereses geoestratégicos de EEUU
El fuego cruzado azuzado por EEUU e Israel contra el régimen de los ayatolás iraníes a finales de febrero ha cogido a los petroestados del Golfo Pérsico con el pie cambiado. Tanto, que quizás sean los países que más ansían, desde el punto de vista inversor, una tregua permanente. No por casualidad, el conflicto armado contra el enemigo chií ha sacudido los cimientos del cambio de paradigma productivo que Arabia Saudí y sus reinos vecinos han puesto en liza durante este último decenio para diversificar sus economías y captar flujos de capitales del exterior.
Las monarquías del Golfo están detectando fugas de capital. Los daños en sus infraestructuras energéticas y en sus hubs tecnológicos y logísticos propiciados por el conflicto armado han sido los detonantes de una crisis de identidad inversora que pone en tela de juicio el futuro de unas ambiciones geoestratégicas que el príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman forjó a mediados la de pasada década en su famosa Visión 2030. Y que en los años posteriores ha sido emulada por sus hermanos de sangre azul. Especialmente, en Emiratos Árabes Unidos (EAU) que siempre ha seguido la estela geoestratégica de Riad. En el reto de transformar sus patrones de crecimiento en economías más diversificadas y basadas en servicios, industrias avanzadas y la alta tecnología, con megaplanes digitales, y en el desafío de asentarse en el bando geopolítico de EEUU en Oriente Próximo.
Esta renovada arquitectura productiva ha dejado vestigios de cierta espectacularidad. Solo en la ciudad de Neom, paradigma de este viaje al futuro saudí, se suceden proyectos que superan los 100.000 millones de dólares. Aunque, sobre todo, estos centros tecnológicos se han convertido en instrumentos diplomáticos de primer orden para interceder en mercados exteriores. A partir del poder de su gran fondo soberano, que opera como arma de influencia global; especialmente, en Wall Street y en sus cada vez más efervescentes procesos de fusiones y adquisiciones (con o sin OPAs hostiles), dirigidos en gran medida a dominar la carrera tecnológica global de la IA, por un lado, y el espacio ideológico estadounidense, por otro. No en vano, el dinero pérsico, en este caso saudí y de EAU, ha fluido en apoyo de Paramount para ganar la partida a Netflix en la toma accionarial de Warner Bros y así hacerse con el relato de parte de la industria de Hollywood.
En las monarquías del Golfo no daban puntadas sin hilo. Hasta el inicio de las hostilidades contra Irán. Porque el desencadenamiento de las hostilidades contra su gran rival geoestratégico en la región ha pausado las inversiones foráneas en los nodos tecnológicos, logísticos y comerciales de estos petroestados y paralizado las operaciones en el exterior de sus fondos soberanos. Hubs como los de Dubái o Riad han dejado de ser, al menos momentáneamente, refugios del capital en Oriente Próximo.
El impacto ha sido severo, avisa el analista de Goldman Sachs Farouk Soussa. Sus cálculos hablan de que Catar y Kuwait podrían registrar contracciones de sus PIB de hasta el 14% en un escenario de conflicto prolongado, desplomes desconocidos desde los años noventa. Y a Arabia Saudí y a EAU no les iría mucho mejor. Pese a que ya gozaban de una mayor capacidad de diversificación logística, sus recesos productivos alcanzarían un 3% y un 5%, respectivamente, anticipan en este banco de inversión con intereses en la zona, desde donde también se alerta de que, en términos de reputación, los daños colaterales pueden ser todavía más profundos. “Para las economías del Golfo, la guerra podría ocasionar un cortocircuito mayor que la Covid-19”, admite Soussa antes de subrayar que las cicatrices en la confianza inversora “podrían perdurar varios ejercicios”.
Adalides del capital instrumental
Las monarquías del Golfo han construido su creciente poder sobre lo que el mercado denomina capital instrumental. O uso estratégico de fondos soberanos, alianzas público-privadas y grandes proyectos para sumar rentabilidades económicas e influencias geopolíticas. No es un fenómeno marginal. Los recursos bajo gestión de las autoridades pérsicas superan los 5 billones de dólares, cantidad similar al PIB de Alemania, tercero del planeta, y podría aproximarse a los 8 billones en 2030, auguran varias consultoras. En 2025, estos vehículos suponían el 43% de sus inversiones estatales y consolidaron a la región como focos de atracción preferente del capital internacional.
A pesar del alto voltaje en Oriente Próximo en el último trienio, enclaves como Dubái, Abu Dabi o Riad se han reinventado hasta casi aislarse del caos regional y ganar ventajas competitivas en un mundo cada vez más complejo. A través de una tupida y efectiva red de hubs especializados. Así, por ejemplo, en el plano logístico, puertos como Jebel Ali en Dubái o las plataformas saudíes en el Mar Rojo se han integrado con aeropuertos de escala global –como los de Dubái, Doha o Abu Dabi– para crear corredores comerciales que conectan Asia, Europa y África que acortan tiempos y costes en unas cadenas de valor y suministro cada vez más sensibles a la geopolítica.
A estas plataformas se suman zonas francas y parques industriales con una fiscalidad ventajosa y regulaciones flexibles, diseñados para atraer firmas transnacionales y de tecnología avanzada. Sobre todo, centros de datos, computación, e-commerce y empresas de distribución.
En paralelo, sus nodos energéticos han evolucionado desde la venta directa del oro negro hasta complejos integrados que combinan refino, petroquímica, gas natural licuado y nuevas apuestas como el hidrógeno o las renovables, con el objetivo de capturar más valor añadido y posicionarse en la transición energética global.
En el orden financiero y tecnológico, los petroestados pérsicos han impulsado distritos digitales para competir con las principales capitales globales. Zonas como el DIFC en Dubái, el ADGM en Abu Dabi o el King Abdullah Financial District en Riad operan con leyes propias para atraer banca global, fondos y firmas de capital riesgo.
Toda esta multiplicidad de hubs ha dotado a los emiratos y a Riad de unos instrumentos de alta diplomacia capaces de atraer talento y de reconfigurar el estatus del Golfo como nodo del capital e innovación globales. Con el inestimable músculo financiero de sus fondos soberanos. Es lo que Soussa señala como primer factor de estos cambios de estatus. De inversores pasivos a activos. Capaces de abanderar fusiones y adquisiciones (M&A), moldear sectores enteros y competir en la economía digital. Arabia Saudí, EAU o Catar empezaban a dejar de depender exclusivamente del petróleo para apostar por la IA, el Big Data, las fintechs o ciertas energías limpias. Solo en el primer semestre de 2025, la inversión en startups en Oriente Medio y Norte de África alcanzó los 2.100 millones de dólares; un repunte interanual del 134%. Mientras multiplicaban por cinco su financiación en IA.
Hasta que los ataques con misiles y drones contra sus infraestructuras perforaron sus narrativas de “oasis seguros”. No pocas instalaciones en Qatar, Kuwait o Bahréin han sufrido daños de un cierto calado; Arabia Saudí ha visto cómo sus refinerías y oleoductos se convertían en objetivos recurrentes y varios de los emiratos que componen EAU, catalogados como los grandes hubs tecnológico de la zona, han sido golpeados con extrema intensidad por la guerra. Incluso activos de multinacionales occidentales –centros de datos y estructuras energéticas– han entrado en la ecuación del riesgo.
Pérdida de atractivo inversor
Esta erosión de la confianza ha tocado de lleno al corazón del modelo, ya que Dubái, Abu Dabi o Riad no solo competían por capital, sino por el talento, con empresas tecnológicas y cadenas de valor globales. Amazon ha admitido ataques contra sus centros de datos, mientras Nvidia, Microsoft o Google han sido señaladas explícitamente por Teherán como objetivos.
Entonces, ¿ha desaparecido el atractivo de Dubái y Abu Dabi? “Tendremos que verlo”, señalaba hace unas fechas Adam Farrar, analista de geoeconomía en Bloomberg Economics y ex miembro del Consejo de Seguridad Nacional de EEUU. La cuestión –añade– no atañe únicamente a una ineludible reconstrucción, sino que debe responder a una disyuntiva clave, la de si estos estados podrán seguir atrayendo el talento para sostener sus ecosistemas tecnológicos. O, dicho de otro modo: “el riesgo no es coyuntural, sino estructural” en un clima con vientos bidireccionales. Por un lado, los del capital extranjero, que procede casi en un 60% de la UE y EEUU. Por otro, los de los fondos soberanos arábigos, que se despliegan por casi todas las latitudes del planeta bursátil.
Esta atmósfera inversora supone, en ocasiones, una fortaleza, pero en otras, son unos canales de transmisión de riesgos, explica Farrar. En especial –apunta– bajo el influjo de las armas, como en la actualidad.
Aun así, las reacciones de los fondos soberanos sugieren que sus capitales no se han retraído. Más bien, se está adaptando. Desde el inicio de la guerra, sus recursos han protagonizado unas operaciones de M&A que han rebasado los 47.000 millones de dólares, un 120% más que en el primer trimestre de 2025. Todo un desafío en plena desaceleración económica global.
Abu Dabi, por ejemplo, ha continuado desplegando capital a través de vehículos como Lunate o Emirates International Investment, con participaciones en empresas de consumo y gestión de activos. Arabia Saudí y su Public Investment Fund (PIF), ha reforzado sus apuestas por sectores estratégicos, como sus nuevas inyecciones en el fabricante de vehículos eléctricos Lucid. Y sus equivalentes Qatar Investment Authority y Kuwait Investment Authority mantienen su perfil de diversificación de riesgos y exploran nichos en Europa, Asia y América.
Toda esta actividad no debe entenderse como anecdótica. Es el reflejo del ADN de este tipo de capital instrumental, diseñado para operar especialmente en contextos de incertidumbre.
Sin embargo, no elimina ciertas tensiones inherentes al modelo. La guerra ha puesto de relieve divergencias estratégicas entre los países del Golfo. Qatar y Omán apuestan por la contención y la diplomacia. EAU muestra más agresividad y Arabia Saudí o Kuwait confían en su ambigüedad calculada. Estas discrepancias afectan a la imagen del bloque y a la percepción de área de riesgo inversor. Pese a que, de momento, los mercados muestran optimismo relativo en la gestión del shock petrolífero que emana del control iraní del Estrecho de Ormuz y que les reporta ingresos adicionales por un barril que oscila en torno a los triples dígitos según como se revele la escalada militar.
Presión y distensión hacia la Casa Blanca
La guerra, pues, ha reconfigurado el equilibrio geopolítico del Golfo con EEUU, erosionando, sin llegar a romper, su dependencia estratégica. Así lo cree Firas Maksad, de Eurasia Group, para el que “los petroestados no tienen alternativas al paraguas de seguridad americano”; China puede ser su primer socio comercial, pero “no ofrece defensa militar”. Sin embargo, los ataques iraníes exponen el coste de esa dependencia, enfatiza en Foreign Policy, ya que las bases militares y las alianzas que antes garantizaban estabilidad se han convertido en objetivos iraníes. “Veremos en ellos ofensivas diplomáticas, no militares” en busca del respaldo europeo y de los mecanismos multilaterales para contener a Teherán.
Para el politólogo Steven Cook, la guerra pone en jaque su modelo porque su pilar esencial –la seguridad– ya no es un aval.
Estas tensiones también las desvela Financial Times. EAU –a través de Abu Dabi–, Qatar y Kuwait han recurrido a colocaciones privadas de deuda por unos 10.000 millones de dólares eludiendo mercados públicos para asegurar costes y rapidez en un clima de volatilidad e incertidumbre por el cierre de Ormuz y que les ha obligado a suspender exportaciones de sus combustibles fósiles. “Los emiratos conservan su acceso a la financiación, aunque en condiciones más exigentes”, dice el diario británico que resalta la petición de los emiratos –muy en concreto, la de EAU– al Tesoro americano para abrir líneas de swaps en dólares, mecanismo de liquidez usado para estabilizar sistemas financieros.
El fortalecimiento del dólar por el conflicto presiona a economías con unas divisas vinculadas al billete verde y las obligan a intervenir para evitar venta de activos. Aunque las autoridades de EAU rechazan que sus finanzas emitan vulnerabilidad por su dependencia del dólar en el acceso a financiación internacional.
