Del Papa Francisco al Norte Neuquino: la Historia de Diego Canale, el Padre que Caminó 15 Años Junto a la Diócesis de Neuquén

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Del Papa Francisco al Norte Neuquino: la Historia de Diego Canale, el Padre que Caminó 15 Años Junto a la Diócesis de Neuquén

el padre Diego Canale. Foto: gentileza.

Tenía siete meses cuando fue bautizado. Él no recuerda ese momento, pero asegura que fue allí donde comenzó todo, en una capilla de Buenos Aires. La vida convirtió a Diego María Canale en cura y lo llevó al norte neuquino donde se transformó en un símbolo de la Iglesia católica. Hoy, a los 48 años, se aleja de la Diócesis de Neuquén que lo acogió durante 15 años y, aunque vuelve a la capital argentina para asumir una nueva misión, tiene claro que hay lugares de los que uno no se va nunca.

Canale nació y se formó capital federal. Hizo el seminario en Buenos Aires y durante sus años de formación empezó a surgir una inquietud que terminaría definiendo su camino: ir a los lugares donde faltaban sacerdotes. “Lo hablé con Bergoglio, que era nuestro obispo. Él me fue acompañando en ese discernimiento ante las necesidades”, cuenta.

Así fue viviendo distintas realidades en Buenos Aires. Uno de ellos fue en Ciudad Oculta, en 2007, un lugar clave al que volvería casi 20 años después. Canale fue diácono en la basílica de Luján y luego sacerdote en el barrio de Floresta. Sin embargo, fue en 2011 cuando se alejó de la capital y comenzó a visitar otros destinos.

“Empecé en la Diócesis de Neuquén. Iba y venía, hasta que me hablaron de Andacollo en el norte de la provincia”, relata. “Hace muchos años no hay presencia de un sacerdote”, le dijeron. Y eso bastó para agarrar su sotana y viajar a este pueblo. “Llegué y vi que no era solo Andacollo. Había llegado al departamento de Minas”, relata.

La enseñanza del norte neuquino como brújula

La dimensión del desafío era inmensa: 22 parajes distribuidos en unos 6700 kilómetros cuadrados. Recorrió esos caminos acompañando comunidades pequeñas donde la fe sobrevivía sostenida únicamente por la propia gente. Celebró bautismos, velorios, fiestas patronales, encuentros comunitarios y charlas junto a familias.

“Durante diez años caminé con ellos”, cuenta. Si bien aprendió muchas cosas en Buenos Aires, hay algo que le dio especialmente el departamento de Minas: “Yo formé mi identidad sacerdotal en el norte neuquino”.

Su vivencia le enseñó a “generar vínculos de unidad entre cada paraje”. Esto le dio una lección que sería clave en su vida: escuchar a los que piensan distinto. “Aprender a escuchar es un regalo que me ayudó a trabajar luego en la capital”.

Los jóvenes de la capilla.

Es que en Neuquén, al lado del obispo Fernando Croxatto como vicario de la diócesis, llegaron otros desafíos. Algunos fueron acompañar a personas en situación de calle en la ciudad, trabajar con la población trans, asumir responsabilidades en escuelas y barrios y convivir con realidades sociales cada vez más complejas. “Todo lo aprendí antes, estando en el norte neuquino. Escuchar al otro me formó como cura”.

Entre los recuerdos más fuertes de sus años en Neuquén aparecen conflictos sociales que todavía siguen abiertos. Uno de ellos fue la situación de los mineros en Andacollo y Huinganco. “Al principio me costó un montón”, admite. Pero poco a poco entendió que acompañar no significaba solamente asistir espiritualmente, sino también estar presente en medio de las luchas de la gente.

“La gente en situación de calle me ayudó mucho”, dice. “Ellos me enseñaron a confiar en otros, a dejarme ayudar”. Y quizá uno de los momentos más conmovedores de su relato aparece cuando habla de la comunidad trans en Neuquén. “No es que agrandaron mi corazón”, explica. “Lo estiraron”. Para Diego, ese encuentro lo llevó también a mirar críticamente a la propia Iglesia. “Me enseñaron que la Iglesia está llamada a reparar heridas que nosotros también hemos generado”.

La huella del papa Francisco en el padre Diego

Cuando el sacerdote habla del papa Francisco lo nombra como Bergoglio, aquel obispo que lo acompañó silenciosamente durante muchos años. Fue él quien acompañó sus primeros discernimientos vocacionales cuando todavía era arzobispo de Buenos Aires. Fue también quien lo impulsó a seguir ese camino de misión y servicio en lugares difíciles.

Pero Canale recién logra dimensionar realmente el vínculo cuando habla de su muerte. La emoción le cambia completamente la voz. “Cuando murió Francisco volví a sentir algo que solamente había sentido cuando murió mi papá”, confiesa.

Canale junto a Bergoglio.

“Capaz cuando él estaba entre nosotros y alguien me decía ‘ahí está tu papá Bergoglio’, yo no lo sentía así. Porque mi papá es único e irreemplazable”. Pero el duelo le hizo entender otra cosa. “El llanto por Francisco fue muy parecido al que tuve cuando murió mi viejo”, dice.

Después sonríe y agrega una coincidencia que para él tiene peso emocional: “Los dos eran de San Lorenzo”.

No es un adiós: “De la Diócesis de Neuquén no me voy a alejar nunca”

Volver a Buenos Aires no era lo que quería. De eso está seguro y lo repite varias veces. “Tenía mucho más entusiasmo por quedarme en Neuquén”, reconoce. Había proyectos, vínculos, planes y una vida ya armada. Pero el arzobispo de Buenos Aires le pidió regresar para asumir una nueva responsabilidad en Ciudad Oculta.

La decisión le llevó un mes entero de discernimiento. “Escribía, iba para adelante y para atrás, hablaba con mi acompañante espiritual”, cuenta. Sentía entusiasmo por quedarse. Sin embargo, cuando pensaba en Buenos Aires aparecía una sensación distinta: paz.

Puede parecer simple, pero la idea de la paz aparece una y otra vez en su vida. Y sabe que cuando lo hace no puede mirar para otro lado. También le pasó cuando decidió ser sacerdote. Cuenta que en aquel momento le interesaba mucho más formar una familia. “Ninguna opción era mejor que la otra”, aclara. “Las dos eran de Dios”. Pero había algo interior que lo empujaba hacia otro lado. “Mi corazón experimentaba paz diciéndole que sí”.

Con los años, esa lógica se volvió casi una brújula espiritual: cada vez que apareció una decisión difícil, siguió el camino que le daba paz, aunque no fuera el más cómodo ni el que más deseaba. “Cada vez que dije que sí, Dios se ocupó”, resume.

Hoy Canale vive nuevamente en Ciudad Oculta, el barrio que conoció en 2007 y donde ahora tiene el rol de párroco. La comunidad que acompaña es enorme: más de 30 mil habitantes, ocho capillas, un jardín de infantes, hogares para personas en situación de calle, una granja de recuperación y distintos espacios comunitarios.

“A seguir aprendiendo”, responde cuando le preguntan qué espera de esta nueva etapa. Si algo atraviesa toda su mirada es la idea de una Iglesia que todavía tiene mucho que cambiar. “El cura no tiene más la última palabra”, sostiene. Y vuelve otra vez sobre la importancia de escuchar. “Una Iglesia que no escucha es una Iglesia enferma”.

Cree que el pontificado de Francisco abrió un camino importante en ese sentido: una Iglesia menos cerrada sobre sí misma y más dispuesta a encontrarse con el otro, incluso con quien piensa distinto. “Menos mal que no pensamos todos igual”, afirma. Reconoce que todavía hay muchísimo por transformar, pero sostiene que el camino ya empezó. “Todos estamos llamados a formar parte de esa Iglesia y salir adelante”.

Mientras habla, aparece repetitivamente una idea: la fe. Pero no como refugio individual, sino como construcción colectiva. Una Iglesia entendida como abrazo. “La Iglesia no puede ser solamente un montón de ladrillos y edificios”, afirma. “Tiene que ser expresión de Dios abrazando a un pueblo”.

Después de 15 años en Neuquén, el padre Diego Canale vuelve a Buenos Aires. Pero en sus palabras queda claro que hay algo del norte neuquino que ya no se desprende de él. “De la Diócesis de Neuquén no me voy a alejar nunca”, dice con convicción. “Cuando uno ama no tiene que des amar. Me mudé y estoy haciendo mi camino por otro lado que no es la diócesis de Neuquén, pero no significa que me aleje de ellos. De ninguna de las personas que más quiero y las que me ha costado querer. De todos y de todo quiero estar siempre cerca”.