El partido entre Francia y Noruega, que cerraba el Grupo I del Mundial 2026, había sido marcado en el calendario de millones de futboleros como uno de los duelos más atractivos del certamen. La expectación giraba en torno al enfrentamiento entre dos de los delanteros más destacados del mundo, Kylian Mbappé y Erling Haaland, quienes llegaban a este encuentro con un impresionante registro de cuatro goles cada uno en sus dos primeras presentaciones. Por ello, la ausencia del ‘Androide’ noruego en la cancha fue un golpe inesperado y generó sorpresa entre los fanáticos.
La postura de Noruega frente a este trascendental encuentro quedó en evidencia con las declaraciones de Haaland tras su doblete en la victoria 3-2 sobre Senegal en la segunda jornada: «No me importa mucho. Probablemente nos van a ganar y se van a llevar el título». Estas palabras, pronunciadas a pesar de que Noruega ya había asegurado su clasificación a los dieciseisavos de final, daban una pista sobre la prioridad del equipo.
La principal razón detrás de la inactividad del centrodelantero y otras figuras noruegas fue la búsqueda de descanso. Haaland no fue el único habitual titular que inició el partido contra Francia desde el banco de suplentes, revelando una clara estrategia de dosificación de energías.
La magnitud de los cambios en la alineación fue notable. Comparado con el equipo que venció a Senegal, el único jugador que repitió en el once inicial fue Fredrik Aursnes, mediocampista del Benfica. Incluso la portería tuvo una modificación, con Egil Selvik reemplazando a Örjan Nyland, el arquero titular.
Más allá del descanso, otra razón estratégica explicaría la decisión del director técnico de «entregar» este partido. Si Noruega finalizaba en el segundo puesto de su grupo, se enfrentaría a Costa de Marfil en el primer cruce de eliminación directa. Aunque los marfileños habían tenido un buen desempeño en la fase de grupos, no representaban un peligro tan grande como el que podría surgir de cruzarse con el líder del Grupo I y una de las mejores selecciones terceras.
La planificación noruega se extendía incluso a un hipotético escenario de octavos de final. El equipo que liderara el Grupo I se cruzaría, previsiblemente, con Alemania, siempre y cuando los germanos cumplieran con la lógica. En contraste, el segundo puesto implicaría un enfrentamiento con Brasil. Ambas selecciones son potencias con historias gloriosas y un presente sólido, sin que ninguna de las dos se proyecte claramente como un rival más o menos difícil que la otra en los pronósticos.
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