En un encuentro decisivo que cerraba la última fecha del Grupo G, Egipto e Irán empataban 1-1 en Seattle. Con el tiempo agregado a punto de expirar y a solo dos minutos del pitazo final, una serie de rebotes en el área egipcia dejó al defensor iraní Shoja Khalilzadeh en posición inmejorable para definir.
Khalilzadeh no dudó. Su potente tiro cruzado venció al arquero Mostafa Shobeir, sellando lo que parecía la victoria de Irán. Este triunfo no solo aseguraba el segundo lugar en el grupo, sino también el ansiado pase a los octavos de final, especialmente tras la goleada de Bélgica a Nueva Zelanda.
La euforia se desató al instante. Khalilzadeh emprendió una carrera desaforada, quitándose la camiseta y esquivando a sus compañeros que intentaban abrazarlo, antes de arrodillarse frente a la tribuna. Poco después, mientras seguía recibiendo felicitaciones, el defensor coronó su festejo colocándose unos anteojos al estilo «Thug Life», un gesto que muchos ya consideraban la celebración más efusiva y original del Mundial.
Sin embargo, la alegría fue efímera. Pocos segundos después, el sistema semiautomático del VAR entró en acción, detectando que Khalilzadeh se encontraba en posición adelantada por una distancia mínima, menos de medio pie. A pesar de la impactante celebración, el gol fue anulado, dejando el marcador en un definitivo 1 a 1. La selección iraní, con su clasificación desvanecida, tuvo que conformarse con la amargura de lo que pudo ser y no fue.
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