Antonio Rattín: La Estirpe Eterna del Caudillo Xeneize que Marcó una Época

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Antonio Rattín: La Estirpe Eterna del Caudillo Xeneize que Marcó una Época

En el panorama del fútbol, existen figuras que no solo brillan, sino que se arraigan profundamente en la memoria colectiva. Antonio Ubaldo Rattín fue una de ellas, un símbolo de temple y liderazgo en el mediocampo de Boca Juniors. Su presencia se hizo sinónimo de una de las etapas más gloriosas para el club xeneize, aquella que cosechó cuatro títulos locales a lo largo de la década del 60. Nombres como Antonio Roma en el arco, Silvio Marzolini en el lateral izquierdo y Rattín como el clásico «5» permanecieron inalterables en ese ciclo, junto a otros de gran calibre como Rojas, Rojitas, el Beto Menéndez y el incansable Gonzalito. Para los hinchas, el anuncio de su nombre en el estadio —con aquella prolongada «i» que resonaba como «Ratiiiiiiiiiiin»— era un rito, una ovación espontánea que confirmaba el tributo a uno de los ídolos más queridos.

Sin embargo, Rattín tuvo que forjar su lugar. A mediados de los años 50, la camiseta número 5 era dominio de otro referente, Eliseo Mouriño, el «Gallego». Fue una inoportuna hepatitis de Mouriño, en la víspera de un Superclásico en la Bombonera, la que le abrió las puertas a Rattín para su debut en Primera División. Desde aquel día, el puesto no lo abandonaría, a pesar de que en sus primeros tiempos la hinchada aún pedía por Mouriño. Incluso en 1960, la llegada de Vicente Feola como entrenador, con su propuesta de un fútbol más vistoso, llevó a buscar un «centrohalf» más técnico, contratando al habilidoso Dino Sani de San Pablo. Pero Rattín se afirmó y se adueñó de la posición.

El «Rata» vistió una sola camiseta en su carrera, la de Boca. Enfrentó a River Plate en 27 encuentros oficiales, con un saldo favorable para el xeneize, que solo perdió cinco de esos clásicos, y apenas uno como local. El cariño definitivo de la afición boquense lo ganó en un Superclásico de 1959 en el Monumental, donde Boca revirtió un 0-2 adverso para terminar ganando 3-2. Sobre su estilo, Rattín mismo lo definía con simpleza: «No…que voy a tirar caños. A mí me ponían porque yo entraba y salía gritando y con la camiseta transpirada. Lo mío era la lucha, pero siempre jugaba tranquilo».

Antonio Ubaldo Rattín, nacido el 16 de mayo de 1937, tuvo una infancia de esfuerzo en Tigre. Su padre había arribado en barco desde Trento, Italia, huyendo de la Primera Guerra Mundial, y se ganó la vida como maquinista en el Delta. Antonio recordó una niñez humilde, «cuando debía que trabajar para ayudar a la casa, hacía repartos en bicicleta para una tintorería y más adelante, changas como electricista, en las que me especialicé». Su labor de electricista no cesó ni siquiera cuando ya formaba parte de las divisiones inferiores de Boca.

Sus primeros pasos en el fútbol fueron en el «baby» de Juventud y, a los 13 años, en el Magdalena de Villa Urquiza. Tras una prueba fallida en Racing, fue Bernardo Gandulla, el responsable de las inferiores de Boca, quien lo sumó al club por sugerencia de Rubén Farías, compañero de Rattín en el Magdalena. Su modelo a seguir era Néstor «Pipo» Rossi, un referente, curiosamente, de River. Rattín lo admiraba por «su voz de mando y su facilidad para manejar el equipo», características que él mismo adoptaría en su carrera. Recordó con timidez un encuentro en 1955: «Todos los días, yo tomaba el tren desde el Tigre para ir a entrenar. Y una vez, allá por 1955, en la estación Beccar subió Pipo Rossi en el mismo vagón. Me sentí tentado de ir a hablar, de decirle que era mi ídolo, que yo también jugaba como número 5. Pero no me animé, era muy tímido».

Apenas un año después de aquel encuentro silencioso, el 9 de septiembre de 1956, Rattín se encontró con Rossi en la cancha. Mario Fortunato, técnico de Boca, le confió: «Eliseo (Mouriño) anda con hepatitis y no puede estar el domingo contra River. ¿Te animás a jugar en Primera?». Rattín rememoraba con exactitud esos días: «En la semana anterior al clásico, estaba colocando una instalación eléctrica en el Banco Nación en Tigre y me vine abajo con escalera y todo me fisuré la muñeca y cuando llegué al club, me enyesaron». Para jugar, le quitaron el yeso y lo reemplazaron por un vendaje firme. Lo primero que hizo al pisar la cancha fue pedir una foto con Pipo, su ídolo. El ingenioso Rossi, durante el partido, al chocar con Rattín, le lanzó: «¿qué hacés, flaco? Mirá que le digo al fotógrafo que vele el negativo». Boca, con una formación renovada, venció a un River estelar por 2 a 1. Las instrucciones de Fortunato fueron sencillas: «marcar a Labruna, no dejarlo recibir, anticiparlo siempre».

La aceptación plena de la hinchada, como el propio Rattín relató en una entrevista con Clarín en enero de 1989, no fue inmediata. «Costó que me aceptaran, la gente quería a Eliseo. Hasta el 62, cuando conseguimos el primer título de esta serie bárbara, estaba que me ponían y que me sacaban, que me vendían…», dijo. Fue recién con los títulos de 1964 y 1965 que empezó a sentir que el hincha «ya me había aceptado. Y mucho más: que me respetaba como un ídolo. El afecto del hincha de Boca es una de las cosas más lindas que dejó mi paso por el fútbol». El Boca del 62, tras…

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