En un mundo donde el dinero en efectivo se usa cada vez menos, y los pagos con tarjeta, QR o sin contacto se han vuelto la norma para casi cualquier compra, la decisión de Mar, propietaria de un bar en Galicia, España, destaca por su particularidad.
Mar ha optado por una medida radical: en su establecimiento no se aceptan pagos con tarjeta. Con este gesto, busca enfrentar una realidad que, según ella, perjudica día a día la rentabilidad de su negocio.
La adopción de los medios de pago electrónicos es innegable. Datos del Banco de España revelan que alrededor de un tercio de las transacciones en comercios se hacen con tarjeta. Si excluimos el efectivo, las tarjetas concentran casi dos tercios de los pagos digitales. Con más de 110 millones de tarjetas en circulación, pagar un café o el pan con este método se ha integrado en la rutina, incluso en las compras más pequeñas.
Sin embargo, en España es legal que un bar o comercio no acepte pagos con tarjeta, siempre y cuando lo informe claramente a sus clientes antes de que consuman o compren. No existe una obligación general para todos los negocios de tener un datáfono, aunque hay excepciones en algunos sectores. Lo fundamental es que el establecimiento no puede imponer el pago solo con tarjeta ni prohibir el pago en efectivo, pues la ley protege el derecho del consumidor a usar dinero metálico.
Pese a la legalidad de su decisión, Mar es consciente de los riesgos. Negarse a aceptar métodos de pago tan extendidos puede causar incomodidad, frustración y, en última instancia, la pérdida de clientes, especialmente en una época donde la rapidez y la comodidad son tan valoradas. La medida, aunque lícita, puede tener un costo comercial y de reputación.
Pero Mar se mantiene firme en su postura, cansada de las comisiones bancarias por cada transacción, incluso las más insignificantes. «No me parece lógico que le tengamos que pagar, de ese 1,30 euros, una comisión al banco. Luego nos queda Hacienda, luz, agua… Me niego a pagarle una comisión al banco que viene de mi trabajo y mi beneficio», explica con claridad su frustración.
Lejos de generar controversias con su clientela, Mar asegura que sus habituales han comprendido su decisión. Incluso relata con naturalidad: «Mis clientes lo aceptan perfectamente. Llega alguien, a veces, pues me dice: ‘No tengo dinero’. No pasa nada, ya volverá”. Una muestra de confianza poco común en el comercio actual.
La situación de Mar no es aislada. Profesionales del sector llevan tiempo reclamando comisiones bancarias más bajas o sistemas de pago adaptados específicamente para los micropagos, que no penalicen la venta de productos de bajo costo. Los negocios buscan soluciones que permitan la facilidad del pago electrónico sin que afecte la viabilidad y rentabilidad de estas pequeñas operaciones, buscando un equilibrio entre la conveniencia para el cliente y la subsistencia del comercio.
El sector de la hostelería, caracterizado por consumos pequeños y frecuentes, es especialmente sensible al impacto de estas comisiones. Un café, un jugo o una gaseosa tienen precios muy ajustados, y una vez descontados los costos fijos, el margen de ganancia es mínimo. Cuando un cliente paga un café de 1,30 euros con tarjeta, la comisión bancaria se resta directamente del ingreso del hostelero. A esto se suman el IVA, otros impuestos, la luz, el agua, el alquiler del local y el costo de la materia prima, según detalla Mar en un reportaje de Cuatro.
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