Nuevos enfoques en psicología y comportamiento infantil han transformado la visión sobre la crianza de los hijos. Prácticas que antes eran habituales hoy se consideran inadecuadas, mientras que otras, antes ignoradas, se promueven para fortalecer los lazos familiares.
Esta evolución ha dejado a toda una generación de padres y madres bajo un intenso escrutinio. Un testimonio recogido en el portal Bolde ilustra un sentimiento compartido por muchos de ellos: reconocen errores, pero niegan que toda su labor parental haya sido perjudicial.
“Grité, di nalgadas, me equivoqué muchas veces y me arrepiento de algunas de las cosas que hice criando a mis hijos, pero estoy cansada de que me digan que todo lo que mi generación hizo como padres fue perjudicial”, reza el sentir de esta madre, quien cuestiona la categorización simplista de su experiencia.
Ella crió a sus hijos bajo las «reglas de otra época», donde lo que hoy sería mal visto, e incluso motivo de denuncia, entonces se consideraba normal. Es un hecho que los gritos y los golpes no son herramientas constructivas en la educación, pero no hace tanto tiempo, e incluso en algunas escuelas hace apenas medio siglo, el castigo físico era una realidad instalada.
La mujer no busca validar todas sus acciones, de hecho, si pudiera, asegura que viajaría en el tiempo para hacerlo de otra forma. Sin embargo, se declara exhausta de que la palabra «daño» se use para describir cada aspecto de la crianza de su generación.
“Cuando mis hijos se lanzaban a la calle sin mirar, les daba una nalgada. Cuando me faltaban al respeto, alzaba la voz hasta que la casa se quedaba en silencio. Hubo una época en que una mala palabra significaba una pastilla de jabón que mantenía en la boca el tiempo suficiente para que aprendieran la lección”, relata.
Argumenta que estas situaciones se daban en un contexto diferente. Los azotes, los gritos y el jabón eran una realidad cotidiana, prácticas heredadas de sus propios padres, tan comunes que jamás se le ocurrió cuestionarlas. No existía, en ese entonces, la intención de causar daño a sus hijos, sino que era la manifestación de una forma compartida e incuestionable de entender la crianza.
Aunque esta madre reconoce que nada justifica ciertas acciones, insiste en que el contexto las distingue. Recuerda, por ejemplo, un episodio en el que su hijo rompió un vaso y ella, con un arrebato de enojo, lo tomó del brazo con demasiada fuerza y le gritó. “Por algo que costaba dos dólares”, lamenta.
El niño, dice, se quedó quieto y confundido, pues sabía, incluso antes que ella, que un vaso roto no justificaba tal reacción. Confundió, admite, la obediencia con el respeto, y castigó a sus hijos más de la cuenta por su propio estado de ánimo.
Reconoce tener un gran arrepentimiento. Sin embargo, subraya que «dañino» no es el término adecuado. Cometer errores es una cosa, asegura, pero catalogar toda una crianza como perjudicial es otra. “Y no es justo, y creo que tengo derecho a decirlo”, sentencia, enfatizando la importancia de esta distinción.
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