En la rica lengua española, la palabra ‘café’ encierra una curiosa dualidad. Se refiere tanto a la infusión del fruto del cafeto, esa taza aromática que muchos anhelan, como al espacio donde solemos disfrutarla: la cafetería. Esta metonimia, donde el nombre de la cosa designa el lugar de su consumo, se ha vuelto una distinción cada vez más importante en la vibrante Buenos Aires.
La capital argentina, célebre por su encanto singular, deslumbra a sus visitantes con la abundancia de librerías y, por supuesto, de cafés. Estos establecimientos, variados en su estilo —desde los más vistosos a los discretos, los modernos a los tradicionales—, constituyen un eje fundamental de la vida cotidiana porteña. Son, por excelencia, el ‘tercer lugar’: puntos de encuentro donde amigos se citan, negocios se concretan, talleres se imparten o estudiantes se concentran para sus exámenes.
Sin embargo, y aquí reside la paradoja, lo que no suele hacerse con gusto en la mayoría de estas mesas es, precisamente, tomar un buen café. No es un secreto que Argentina forma parte de la menguada lista de países que aún consumen café torrado o torrefacto. Esta designación alude al café que se tuesta con hasta un 10% de azúcar, una técnica que en el pasado servía para proteger el grano durante largos traslados o de la humedad. Hoy, su única función es disimular la baja calidad de granos más baratos, haciendo ‘pasable’ un café de sabor inferior. Si a esto se le suma una preparación tradicional, pero a menudo precaria —con granos que pueden estar carbonizados y una extracción mal calibrada—, el resultado es una bebida áspera, que demanda aún más azúcar para poder beberse.
Afortunadamente, esta tendencia empieza a cambiar con la aparición de los llamados ‘cafés de especialidad’. Son locales de estética moderna y ambiente joven, donde se valora el grano de calidad y una elaboración mucho más cuidada, a cargo de baristas que dominan el arte de dibujar figuras con la leche. En estos sitios, el nefasto café torrado está ausente. La contrapartida, no obstante, es que rara vez proporcionan el ambiente sosegado y silencioso que muchos buscan para simplemente ‘estar’ en un café. Con frecuencia, son espacios estrechos y concurridos, donde la música a un volumen considerable impide la tranquilidad, asemejándose más a versiones pretenciosas de un gimnasio.
El escenario, entonces, es dicotómico: o se disfruta de un buen café en un entorno ruidoso e incómodo, o se opta por otra bebida en un lugar más acogedor. Parece que una razón insondable impide conciliar ambas virtudes en un mismo espacio. Por ello, cada vez que surge la propuesta de buscar un café cercano, mi primera pregunta es inevitable: ¿hablamos de un café para estar, o de un café para tomar? Mi esperanza es que mi interlocutor comprenda esta crucial diferencia.
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
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