De Neuquén a la Tragedia Venezolana: La Rescatista que Enfrentó el Colapso y Volvió con Otra Mirada

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De Neuquén a la Tragedia Venezolana: La Rescatista que Enfrentó el Colapso y Volvió con Otra Mirada

A altas horas de la noche del lunes 29 de junio, un llamado telefónico interrumpió la tranquilidad de Alicia Turrion, operaria de Defensa Civil en Centenario. Era el Grupo Fénix Unit Rescue, con una invitación directa y urgente: colaborar en Venezuela tras un terremoto. “No lo dudé, dije que sí”, compartió con Diario RÍO NEGRO. Sin dilación, esa misma madrugada compró los pasajes, al día siguiente resolvió los trámites necesarios para ausentarse de su trabajo y el miércoles partió desde el aeropuerto de Neuquén.

A sus 52 años, Alicia ya contaba con una vasta experiencia: fue bombera, actuó en las grandes inundaciones de la región y se formó como rescatista en numerosas capacitaciones. Sin embargo, la escena que encontró al aterrizar en Venezuela fue desoladora. “Lo que encontramos fue un desastre”, afirmó.

Pero lo que más la conmovió no fue la magnitud de la destrucción, sino la asombrosa resiliencia del pueblo venezolano. “Nos daban comida y en cada cosita que nos entregaban nos ponían una frase de aliento. Tratabas de no llorar porque vos tenías que darles fuerza, pero era al revés: ellos estaban destruidos y aun así nos daban ánimo a nosotros”, recordó con emoción.

Alicia integró el equipo del Grupo Fénix que se desplegó en el edificio Miramar, en La Guaira. Allí, la misión principal era la búsqueda de Lucas Gámez, un niño argentino que había quedado atrapado junto a decenas de vecinos. “Estábamos ahí con sus abuelos, que no se apartaban del lugar. Se quedaron hasta el último momento, hasta que lo sacamos y pudimos entregarlo a su papá y a su mamá”, relató.

El edificio, al colapsar, no ofrecía grietas ni espacios para ingresar. Lo describió vívidamente como una “pila de fichas de dominó que alguien derribó de un solo golpe”, con paredes cedidas y pisos apilados unos sobre otros. El sector donde trabajó el equipo Fénix, originalmente una cochera, había quedado en el subsuelo tras el desmoronamiento.

Sobre los autos sepultados se movían Alicia y sus compañeros. “La única forma era romper, anclar y levantar cada losa con grúa. No quedaba un lugar libre, no había ni un hueco”, narró. La precisión era clave. “Queríamos devolver cuerpos completos, no destrozados por máquinas. Fue un trabajo minucioso para que las familias pudieran despedirlos”, explicó.

Mientras trabajaban, el suelo no dejaba de temblar. Al principio, el equipo creyó que era la vibración de la maquinaria pesada, pero pronto comprendieron que el terreno seguía inestable. Para garantizar la seguridad, el operativo se dividió en dos grupos, abarcando más superficie. Un dron exploró el interior y confirmó que era imposible penetrar entre las placas sin un riesgo extremo. “El tiempo ya corría en contra, todo era contra el reloj”, enfatizó Alicia.

En medio de tanta desolación, un maullido inesperado rompió el estruendo de las máquinas. “Entre unos colchones aplastados salió un gatito vivo. Fue el único ser con vida que encontramos”, compartió, un pequeño rayo de esperanza en la tragedia.

Al regresar al campamento, la urgencia era “lavar” las imágenes del día. El equipo se alojaba en una escuela sin agua corriente ni electricidad. Para la higiene, improvisaron un baño colectivo en el patio, utilizando una olla de agua de una cisterna y botellas de plástico cortadas como jarros. “Necesitábamos sentir el cuerpo limpio para volver al otro día”, relató.

La experiencia acumulada a lo largo de años de formación en cuarteles de bomberos, cursos de brigadista forestal y capacitación en entornos extremos, cobró sentido en Venezuela. Esa trayectoria la había vinculado al Grupo Fénix, con base en Mendoza, inicialmente por una convocatoria para incendios. “Todo se complementó en una sola cosa. Uno se capacita y después entiende para qué”, reflexionó.

Después de una semana de trabajo extenuante, Alicia regresó a Centenario para retomar su puesto en Defensa Civil, pero con una perspectiva renovada. La rutina de la guardia del 103, donde recibe llamados por emergencias y reclamos cotidianos, ya no la percibe igual: “Vengo con otra cabeza”.

La vivencia venezolana le permitió distinguir entre un problema y una tragedia. En Centenario, había enfrentado grandes inundaciones, viendo barrios enteros bajo el agua, pero siempre con la posibilidad de reconstruir. En La Guaira, Venezuela, no quedó nada. “Allá la gente no va a poder volver a su casa. Se perdieron vidas y lo perdieron todo”, sentenció.

A pesar del dolor profundo, la lección más impactante fue la de la gratitud. “Son verdaderos héroes por cómo siguen luchando”, concluyó, refiriéndose al inquebrantable espíritu del pueblo venezolano.

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