Entre araucarias y servicio: la huella indeleble del Padre Carlos Calzado en Neuquén

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Entre araucarias y servicio: la huella indeleble del Padre Carlos Calzado en Neuquén

La Diócesis de Neuquén y la comunidad católica recuerdan con especial afecto la figura del Padre Carlos Alberto Calzado, Párroco de la Catedral, quien, según se consigna, partía hacia la vida eterna el 20 de julio de 2025. Su sacerdocio dejó una huella profunda en la provincia, marcando un período significativo que comenzó tras la creación de la diócesis en 1961 y la llegada de su primer Obispo, Monseñor Jaime Francisco de Nevares.

Nacido en Buenos Aires, Carlos Alberto Calzado cursó sus estudios seminarísticos en Villa Devoto y tuvo una cercana relación con la obra de las Hermanas del Huerto. Fue precisamente en el colegio de estas Hermanas donde, el 13 de noviembre de 1976, Monseñor de Nevares lo ordenó sacerdote a sus 27 años de edad, tras la decisión de Calzado de incardinarse en la joven diócesis neuquina. Su arribo a estas tierras patagónicas se concretó en marzo de 1978. En sus últimos años de vida, el Padre Calzado compartió su camino pastoral con el actual Obispo, Fernando Croxatto, siendo un referente constante para la grey.

Las propias palabras del Padre Calzado, escritas al conmemorar sus veinticinco años de sacerdocio, revelan la esencia de su vocación. «Toda vocación es una historia de amor, y esta, la mía, también lo es», expresó. Rememoró el entusiasmo inicial, cargado de fe, esperanza y amor, que luego daría paso a las dificultades, fatigas y pruebas inherentes a la tarea pastoral. «Es difícil la tarea: arrancar y derribar, perder y demoler, edificar y plantar», reflexionaba, entendiendo su vida consagrada como un vínculo profundo «entre el Señor y quien se abraza a Él».

Su testimonio sobre cómo llegó a Neuquén es tan vívido como inspirador. A punto de cumplir 15 años, tras finalizar el tercer año de secundaria, ingresó al Seminario de Villa Devoto. Desde entonces, una convicción lo acompañaba: la inquebrantable misericordia del Señor. Atesoraba las enseñanzas de sus padres: de su padre, el sentido de la responsabilidad, el compromiso y la firmeza, quien solía decir que «el otro es sagrado»; de su madre, el valor del servicio, la disponibilidad y la alegría al atender las necesidades ajenas. Estos valores, aunque se consideraba un «pálido reflejo» de ellos, forjaron su vida y su ministerio.

La providencia lo trajo a Neuquén de una manera singular. Mientras estudiaba Teología, conoció a dos seminaristas de la diócesis, José Luis Parra y Rubén Oyarzo. Fue José Luis quien lo invitó en el verano de 1973 a colaborar en la misión de Las Lajas. En aquella visita, Monseñor De Nevares le ofreció formalmente unirse como seminarista de la Iglesia neuquina. El Obispo, sacando un ejemplar de la Nueva Alianza, le leyó un pasaje de la Carta de Pablo a los Filipenses (capítulo 4, versículo 13): «Yo lo puedo todo en Aquel que me reconforta», añadiendo una exhortación: «trabajá mucho estas palabras, porque con el Señor vas a vencer todos los miedos y ser útil en esta Iglesia tan necesitada».

El día de su ordenación sacerdotal, el 13 de noviembre de 1976, la Capilla del Colegio Nuestra Señora del Huerto resplandecía. La hermana Flavia, sacristana, había adornado el altar con claveles blancos y ramas de araucaria, el árbol símbolo de Neuquén. Este detalle no pasó desapercibido para Monseñor de Nevares, quien durante la homilía advirtió al joven Carlos: «como ves, hay ramas de araucaria; es un árbol hermoso, pero cuando te acercás y lo tocás, pincha y lastima. Así es el sacerdocio, y tu sacerdocio estará marcado por la hermosura y por el dolor». Una profecía que, según el propio Calzado, no se equivocó.

En sus palabras de agradecimiento, el Padre Calzado expresó su gratitud a todos quienes lo acompañaron: «Quiero darles las gracias a todos por su cariño, por su apoyo, por su colaboración pastoral, porque me han abierto su casa y sus corazones, porque me hacen sentir parte de sus familias… juntos vamos haciendo la iglesia». Extendió su reconocimiento a sus hermanos sacerdotes por la fraternidad ministerial, a los enfermos en quienes pudo prodigarse y a quienes, con sus exigencias, lo ayudaron a crecer. Un «gracias enorme» dedicó a María, la Madre de la Iglesia, renovando en sus manos el compromiso de identificarse con Cristo sacerdote y servidor.

La comunidad de la Catedral del Neuquén, y todos quienes conocieron al Padre Carlos Alberto Calzado, atesoran sus palabras y su ejemplo, que continúan iluminando el camino de la fe. Su recuerdo persiste, con la certeza de que su oración por ellos no ha cesado.