Messi, el reflejo de una nación: Lágrimas que desbordaron el corazón argentino

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Messi, el reflejo de una nación: Lágrimas que desbordaron el corazón argentino

Ayer, la cancha de fútbol volvió a ser testigo de cómo el deporte interpela las fibras más íntimas. Como bien escribió Jorge Valdano en su artículo para El País, “el fútbol tiene la mala costumbre de preguntarle al corazón cuestiones que la razón parece haber dado por resueltas”. Y así fue para Lionel Messi y para la Argentina.

El mismo Valdano, que dejó su huella en el Real Madrid y entrenó al Tenerife, recordaba que “en el fútbol cabe la vida. Existen tantas maneras de sentirlo como maneras de vivir. Las de España y las de Argentina”. Esta última frase resonó con fuerza en un partido particular, diseñado, según se intuyó, para que España no fuera la vencedora.

Desde el inicio, quedó claro qué fuerzas se medían. Por un lado, estaban los seguidores de Messi, aquellos que lo vieron crecer desde niño en Rosario y brillar en Barcelona, la ciudad que lo vio convertirse en el futbolista más joven del club y a la que, según él, tanto debe. Esa misma ciudad donde, a pesar de una ruptura pasada con una directiva, el amor por “el equipo que tanto quiero” persiste.

Esa noche, Messi se vio abatido, despojado de alegría, sobre un césped que incluso Donald Trump observaba. La primera mitad del encuentro no estuvo a la altura de la expectativa. No hubo jugadas que anticiparan las alegrías de un equipo argentino que parecía más enfocado en incomodar al rival que en desplegar su propio juego, dejando escapar la oportunidad de acercarse a un campeonato que se les escapó de las manos.

Aunque Messi no estuvo exento de la frustración, y a veces, junto a sus compañeros, pareció olvidar que se enfrentaban a un equipo al que, de alguna manera, se asemejan. Valdano lo expresó con una lucidez particular: “Cuanto más admiro a esta España futbolística, más difícil me resulta explicar por qué sigo sufriendo con Argentina”. Un sentir compartido por este escritor, entrenador y futbolista, quien desde hace tiempo subraya que el fútbol es un juego que no debería perder la esencia de la alegría.

“¿Cuántos partidos es capaz de jugar Argentina dentro del mismo partido?”, se preguntaba Valdano. Ayer, en Nueva York, Argentina se desgastó en exceso, con mucho de lo que hizo, tanto jugando como dejando de hacerlo, orientado a neutralizar al contrincante.

Para Valdano, “Argentina es mi infancia”. Y en efecto, es la infancia de muchos, incluso de quienes no son argentinos de nacimiento, pero que encuentran en esa camiseta un eco de su propia historia. Anoche, esa infancia era, según parece, un derecho que se merecía Messi.

El futbolista terminó el partido con la mirada perdida en el cielo, y el llanto brotó mientras recogía el premio de consolación. Ese reconocimiento, ahora en su casa, será un universo personal, un recuerdo. Un eco del niño que fue, el mismo que, años atrás, mecía en la cuna a un joven Lamine, hoy su amigo y compañero en “el equipo que tanto quiero”.

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