Lionel Scaloni, el estratega que condujo a la Selección, ha encontrado refugio en su Pujato natal, un pueblo santafesino que lo abraza sin cesar. Aquí, su figura trasciende los murales y carteles, convirtiéndose en el eje de cada conversación. Su apellido resuena en cada esquina, y cualquier habitante, sin importar su edad, comparte alguna anécdota, real o condimentada, que pinta un retrato del hombre detrás del ídolo.
Aunque busca el descanso familiar, Scaloni dedica un tiempo precioso a sus admiradores. No son solo los vecinos de esta localidad de poco más de 3.000 habitantes, sino también personas de pueblos cercanos y provincias lejanas, todos ansiosos por un autógrafo o una fotografía. La escena se repite sin descanso: este jueves, por ejemplo, dedicó dos horas por la tarde a la multitud frente a la casa de sus padres, tras una primera aparición a media mañana. Esta dinámica se ha mantenido desde su regreso del Mundial celebrado en Canadá, México y Estados Unidos.
La afluencia de gente llevó a instalar una valla en el frente de la propiedad para organizar el flujo. Aunque el público siempre se muestra respetuoso, la aglomeración de personas desbordaba el espacio. Mientras Scaloni atiende pacientemente, su hermano Mauro se encarga de tomar los teléfonos para las fotos y recoger las camisetas y banderas a firmar. Más tarde, la Policía se suma a esta tarea para agilizar el proceso.
El director técnico, hoy una leyenda, se desplaza por el frente de su casa con la misma tranquilidad con la que camina el perímetro de un campo de juego, pero rodeado de su esposa, hijos, familiares y amigos íntimos, no de sus ayudantes técnicos. Posa, sonríe y agradece con una naturalidad que desarma. Entre las tandas de saludos, este jueves se dio tiempo para una salida en bicicleta, pedaleando junto a su hermana Corina en medio del enjambre de gente que aguarda su próxima aparición. La predisposición de Scaloni es tan notable como el respeto popular que lo rodea.
La seguridad se limita a dos efectivos policiales, que se refuerzan a tres por la tarde con personal de la Dirección de Tránsito. La cuadra de la célebre casa, sobre un bulevar adornado con frondosos palos borrachos, permanece cerrada al tránsito. Es un secreto a voces dónde reside el ídolo, el mismo asfalto por donde, hace años, Scaloni solía recorrer el pueblo en su moto roja. “Iba para todos lados con esa moto”, rememora alguien que asegura conocer bien al hombre que hoy todos en Pujato sienten como propio.
Sandra, actual directora de la escuela primaria a la que asistió Scaloni hasta finales de los 80, valida este recuerdo. Antes de dirigir la institución, fue su profesora particular de Matemática. Rememora a un Scaloni adolescente, que sacrificaba salidas con amigos para perseguir su sueño de futbolista, y que luchaba con «Binomios» en tercer año del secundario. “Claro que aprobó”, asegura Sandra, quien aún identifica en las conferencias de prensa del DT los mismos gestos que hacía antes de resolver un binomio cuadrado perfecto. Eso sí, el secundario lo terminó en un pueblo vecino; el motivo, un secreto que todos en Pujato guardan con una sonrisa pícara.
Frente a la casa, un grupo de chamamé obtiene las firmas en su guitarra criolla y acordeón, y logra que Scaloni se detenga a escuchar una pieza, que agradece antes de atender otra petición. Poco después, veteranos de Malvinas se acercan y entonan el Himno Nacional, al que Scaloni se une conmovido.
Desde el ventanal de la entrada, se vislumbran los familiares, observando el incesante desfile de cariño. La gente corea: “Scaloni no se va, no se va, Scaloni no se va”. El DT escucha sin modificar su expresión. Los chamameceros, entonces, arremeten con una versión mesopotámica de «Muchachos». Es en ese momento que la ventana principal se abre y aparece su padre, don Scaloni, cuyos ojos se iluminan con la música y el cántico «Sca-lo-ni, Sca-lo-ni», que parece dedicado enteramente a él.
Con la caída de la noche y el frío en aumento, la gente no abandona la puerta de la casa. El público se renueva, aunque algunos estoicos permanecen, esperando una tercera salida. Creen en la generosidad de Scaloni, confiados en que volverá a asomarse, y en que lo hará cada vez que regrese a Pujato. Y el DT de la Selección vuelve a salir, mostrando un amor inagotable por sus orígenes, que nunca olvida.