Elvira Sastre revisita ‘La soledad…’: La poesía, entre la herida y el abrazo del acompañamiento

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Elvira Sastre revisita 'La soledad...': La poesía, entre la herida y el abrazo del acompañamiento

Elvira Sastre se reencuentra, casi una década después, con los versos de La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida (Seix Barral, 2016). Para la escritora, cada libro es una «placa de memoria emocional», un reflejo de la persona que fue en el momento de su creación. «No me separo», confiesa, «tengo muy a mano la persona que era en cada momento. Los libros hacen de soporte de todo eso. Me pasa que leo esos poemas y es como si los estuviera viviendo ahora».

Ese poemario tiene un lugar especial en su trayectoria. Fue escrito en apenas tres meses, en medio de una ruptura que marcó un periodo de intenso dolor. «Me sentía bastante despojada de todo, y era lo único mío. Lo último que me pertenecía solamente a mí», relata. El título, que primero fue una frase en un cuaderno, se convirtió en el eje del libro, y el descubrimiento de que era un verso alejandrino le causó «mucha ilusión».

La imagen de un «cuerpo acostumbrado a la herida» invita a reflexionar: ¿qué sucede cuando el dolor deja de ser una visita y se transforma en algo conocido? Sastre traza una clara distinción entre la vida y la escritura, explicando que en la poesía la emoción puede intensificarse y permanecer encapsulada sin volverse una identidad duradera. «Si de pronto quieres identificarte y personificarte en el dolor en un poema, está todo bien. No va a cambiar toda tu vida porque lo estés escribiendo», aclara.

Con el paso de los años, la visión de Sastre sobre el poder de la literatura ha evolucionado. De joven, creía en su capacidad transformadora; hoy, después de varios libros, reconoce que «simplemente acompaña». Para la poeta, la escritura permite tomar distancia de una experiencia, observarla y darle forma, encontrando en la estética un orden posible. «La poesía siempre está atravesada por lo bello, lo estético, aunque cuentes algo terrible, y creo que en esa belleza hay algo reparador», sostiene.

Sastre profundiza en su concepción de la escritura, cuestionando la creencia de que el sufrimiento sea una condición ineludible para la poesía. Si bien La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida surgió de una ruptura, precisa que el impulso para un poema no siempre es el dolor, sino a menudo la necesidad de entender lo que acontece. De hecho, hubo pérdidas que, por el contrario, la distanciaron de la escritura. La muerte de su abuela, su suegra y su perra en el mismo año la dejaron sin palabras. «Tenía tanto dolor, estaba enfadada, y no quería pasarlo por la poesía. Quería esconderme y que nadie me mirara. Me parecía hasta absurdo sentarme a escribir», recuerda. La autora subraya que la escritura surge cuando existe una distancia suficiente para observar una experiencia, no necesariamente cuando la herida está aún abierta.

Esa misma búsqueda por la claridad atraviesa su método creativo. En sus talleres, aunque se encuentra con textos ricos en imágenes y metáforas, Sastre enfatiza que el recurso poético nunca debe prevalecer sobre la emoción. «La metáfora tiene que servir de apoyo para la emoción», sostiene. Por ello, reivindica una poesía directa, capaz de conmover sin convertirse en un mero ejercicio de dificultad, inspirada por autores que le enseñaron «una poesía sencilla que no me suponía un esfuerzo intelectual enorme comprender».

Sobre la idea de consuelo, la autora siempre ha mantenido que «la poesía no salva a nadie». No obstante, su perspectiva ha cambiado respecto a los mensajes de lectores que le confían haber encontrado ayuda en sus poemas. «Ahora lo recibo con todo el amor», dice. Explica que «es esa parte de nosotros que, cuando lee, puede entender que eso lo está salvando», reconociendo el poder del acompañamiento.

La conexión con el público, especialmente en América Latina, ha sido una experiencia intensa y decisiva en su carrera. «Si estoy donde estoy es, sobre todo, por el público latino», ha señalado. Rememora giras por México, Argentina y Uruguay como una «montaña rusa» emocional, sobre todo en una etapa donde aún no dominaba la gestión de la exposición pública. Una escena de esos primeros años en México la marcó profundamente: una mujer le entregó un collar que perteneció a su hijo fallecido, contándole cómo sus poemas la habían acompañado en su duelo. «Yo era muy pequeña entonces. Tendría veinte y pocos años», rememora.

Sin embargo, la exposición pública no siempre ha resultado cómoda. En otra lectura en México, el entusiasmo del público sobrepasó lo esperado, con interrupciones, gritos y piropos durante la recitación de poemas. «Yo tengo mucho agradecimiento por la gente, pero en ese momento me di cuenta de que tenía derecho a sentirme mal y expresarme», confiesa. Tras el incidente, publicó un comunicado solicitando más calma en sus recitales.

Parte de esta interacción con los lectores tiene sus raíces en el entorno digital. Sastre, quien comenzó a escribir a los doce años, compartía sus primeros poemas en Fotolog, mucho antes de que Instagram se consolidara como plataforma para la poesía contemporánea. Esta etapa fue «una revolución para la poesía, democratizó mucho la lectura y me permitió llegar a América Latina muchos años antes que aquí, en España». Hoy, su visión de las redes sociales es ambivalente: aprecia el contacto directo con sus lectores, pero critica la lógica del algoritmo y la sensación de encierro que generan. «Entraron los malos», sintetiza.

Lejos de considerar que la poesía atraviesa una crisis terminal, Sastre percibe…

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