En mayo de 2026, la publicación de “La vida se entrena cada día” (Ediciones B) ofreció un vistazo a la trayectoria de Luis de la Fuente, el entrenador que por entonces no sabía que España se coronaría campeona del mundo. Su autobiografía ya delineaba la mentalidad que lo conduciría a la cima: “No sé si vamos a ganar el Mundial. Lo que sí sé es que vamos a darlo todo. Yo exijo esfuerzo, trabajo, dedicación y entregar lo mejor de uno mismo”, escribió en sus páginas finales, encapsulando una filosofía de vida y deporte.
Nacido en Haro, La Rioja, De la Fuente relata un momento definitorio a los quince años, cuando su vida dio un giro. “Mi padre y yo volvíamos en coche de Bilbao, donde acababa de hacer una prueba de ingreso en el Athletic”. Desde esas líneas iniciales, el seleccionador desvela cómo su familia, sus valores y sus rutinas han sido esenciales en su éxito profesional.
Antes de dirigir a la selección española, su carrera conoció múltiples facetas como futbolista y entrenador, pero también periodos de gran incertidumbre. Hubo momentos en los que estuvo sin trabajo y meses sin cobrar. “Tenía mujer e hijos, necesitaba tener ingresos, pero a la vez necesitaba volver al fútbol”, recuerda. Esa época le llevó a una rutina diaria en Getxo: ducharse, salir a comprar el periódico y sentarse a leerlo en un bar. Fue precisamente en ese periódico deportivo donde encontró el anuncio que cambiaría su destino: “La Federación Española de Fútbol busca seleccionador para categorías inferiores”. Era 2013 cuando se unió a la Federación, el inicio de una etapa que le traería los mayores logros de su carrera.
La filosofía de De la Fuente, aunque descubrió el término estoicismo recientemente, confirma que él es “un tipo estoico”. Su enfoque prioriza la comunidad sobre el individualismo, convencido de que los grandes jugadores entienden el juego colectivo. Por ello, la cohesión del grupo ha sido un pilar fundamental en la selección. “Cuando selecciono a un jugador, exijo que sea buena persona”, asegura, definiendo esto como tener principios de solidaridad, generosidad y anteponer el equipo a las individualidades. Su convicción es clara: con esta base, “ganamos todos”.
Este principio se extiende a cualquier ámbito de trabajo colectivo y se vincula directamente con la capacidad de liderazgo. Para De la Fuente, el liderazgo es una expresión natural e invisible, no algo forzado. Se manifiesta a través de gestos, expresiones y comportamientos que construyen confianza. “Si los conoces bien, si les das confianza, seguridad y tiempo, no fallan”, afirma, destacando la importancia de la coherencia, la honestidad y una comunicación directa. Incluso valora la capacidad de una broma o una risa para aliviar la tensión cuando es necesario.
Su visión de un entorno de trabajo colaborativo se materializó en una de sus primeras decisiones al llegar a la absoluta: eliminó las paredes que separaban los despachos del cuerpo técnico, creando una sala diáfana. En las paredes de este nuevo espacio, frases motivacionales como “Nada en la vida se consigue sin esfuerzo” refuerzan su credo.
El entrenador también comparte su profundo apego a la disciplina, la responsabilidad y el orden. Ir al gimnasio diariamente, sin excusas, es una muestra de ello. “Si me encuentro fuerte físicamente, también lo estoy para tomar cualquier tipo de decisión: el dolor, el trabajo, la superación y el sacrificio diario reportan un beneficio”, declara. Su perspectiva sobre la suerte es contundente: no cree en ella en el ámbito laboral, reservándola para la salud. En el trabajo, no desea “buena suerte”, sino “buen acierto”. “Cuando lo das todo, ganas siempre, porque si no ganas en el resultado, ganas en la satisfacción de haberte entregado”.
En su autobiografía, De la Fuente rememora momentos que lo marcaron y resalta el mayor aprendizaje de su vida: la educación recibida de sus padres. “Mis padres nos educaron en el trabajo, en el orden, en la educación, en el respeto; nos incitaron a tratar a todo el mundo bien, a no hacer un mal gesto, a ser cercanos con la gente”. Habla de ellos con cariño y gratitud por haberle inculcado, sencillamente, ser buena persona. Menciona a sus hijos para subrayar la importancia de no forzar a ningún niño a ser lo que no quiere, y cómo la felicidad de los padres radica en ver a sus hijos disfrutar de lo que hacen, un aprendizaje de sus propios progenitores, quienes le apoyaron incondicionalmente. “Mi vida no ha sido fácil, pero he sido un privilegiado”, concluye.
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