El tiempo neto de juego en el fútbol argentino ha sido, desde hace tiempo, una preocupación. Hace aproximadamente un año, la Dirección de Arbitraje reveló estadísticas que situaban a la liga local entre las últimas a nivel mundial en cuanto a la cantidad de tiempo efectivo con la pelota en juego.
Federico Beligoy, director de Arbitraje, reconoció entonces que este problema “no es solo de los árbitros”, una afirmación con la que coincidió la opinión general. A pesar de esto, en ese momento, no se observaron cambios significativos para revertir la situación.
Para abordar esta cuestión a nivel global, la International Football Association Board (IFAB) implementó nuevas reglas destinadas a contrarrestar la pérdida de tiempo, las cuales se estrenaron con éxito en la reciente Copa del Mundo. Durante el Mundial, se logró un promedio cercano a la hora de juego real por partido.
Sin embargo, la realidad en el fútbol argentino dista de replicar ese éxito. En la primera fecha del Clausura, donde estas nuevas normativas ya fueron aplicadas, el promedio de tiempo neto de juego se ubicó en alrededor de 49 minutos, una diferencia de diez minutos menos respecto al certamen mundialista. A pesar de los esfuerzos, la mímica de control por parte de los árbitros no parece ser suficiente.
Tal como señalaba Beligoy, gran parte del inconveniente radica en la actitud de los propios protagonistas. Jugadores, cuerpos técnicos y asistentes recurren a diversas artimañas para obtener ventajas, especialmente cuando el resultado les es favorable. Los ejemplos son claros y repetitivos: arqueros que demoran la reanudación y simulan “desmayos” tras un par de disparos, futbolistas que evitan tomar el balón para realizar un lateral y así retrasar el inicio del conteo, y jugadores sustituidos que se arrojan al césped, simulando lesiones para alargar su salida del campo, una práctica que la nueva reglamentación contempla como excepción al conteo de diez segundos para abandonar la cancha.
En este escenario, la complicidad arbitral se hace evidente. Los jueces a menudo inician el conteo para los arqueros solo cuando estos ya han consumido un tiempo considerable. Lo mismo ocurre con las infracciones, donde se invierte tiempo en advertencias prolongadas que rara vez se traducen en acciones concretas.
Es así que, con la persistencia de estas conductas dilatorias por parte de los jugadores y la reticencia de los árbitros a imponer un ritmo de juego más dinámico —quizás por temor a tomar decisiones que afecten el desarrollo del encuentro—, resulta difícil imaginar que un simple cambio de reglas sea suficiente para mejorar el fútbol que se ve en nuestras canchas.
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