Durante años, Leslie Midwinter creyó tener un don para el aprovechamiento. Su casa se llenó de libros, discos y aparatos electrónicos desechados por otros, objetos que, en su mente, conservaban un valor y esperaban una segunda oportunidad. A sus 70 años, Midwinter rememora aquellos días sin percibir una problemática real: no era basura lo que guardaba, sino «productos útiles y en buen estado».
La percepción de esta conducta comenzó a transformarse tras un período de desempleo, ocurrido después del fallecimiento de su madre en 1991. Las dificultades económicas de entonces marcaron profundamente su relación con los bienes materiales. Midwinter admite que, al no haber podido permitirse equipos de música costosos en su juventud, la visión de uno abandonado despertaba en él una necesidad imperiosa de adquirirlo, «como si quisiera compensarlo».
Lo que empezó como una tendencia, pronto se arraigó en una rutina diaria. «Recogía cosas de contenedores y cubos de basura con ruedas cada día», confiesa. Si bien esta acción no le reportaba una felicidad profunda, sí le brindaba una sensación de satisfacción y de haber cumplido un objetivo.
Sin embargo, la acumulación silenciosa fue devorando los espacios. Las pertenencias llegaron a ocupar cada rincón de su vivienda, con estanterías, cajas y aparatos apilados hasta el punto de dificultar el paso entre las habitaciones. El deterioro del inmueble se hizo patente, desencadenando conflictos con el propietario.
«El estado de la vivienda no cumplía con los estándares que ellos aceptaban», explica Midwinter, quien, a pesar de sentirse dueño de su espacio, reconoce haber infringido las condiciones de su contrato de alquiler. La consecuencia fue devastadora: perdió su casa y se vio forzado a vivir a la intemperie durante un largo tiempo, deambulando por distintas áreas de Oxfordshire, a unos 100 kilómetros al noroeste de Londres.
La difícil situación de Midwinter llegó a la portada de un periódico local, lo que propició la intervención de las autoridades. Fue así como Leslie fue contactado por Response, una organización dedicada al apoyo de personas con trastorno de acumulación compulsiva. El primer paso, recuerda, fue drástico: «Retiraron muchas cosas. Todos los muebles desaparecieron, excepto la cama. Tenía estanterías para los libros que dificultaban el acceso a la habitación, así que también las quitaron».
Desde hace más de 16 años, Leslie trabaja codo a codo con Michael Amoabeng, profesional de Response. Amoabeng señala que uno de los mayores desafíos en estos casos es que muchas personas afectadas no reconocen la magnitud del problema. Es común que conserven objetos duplicados, sintiendo una pérdida al desprenderse de ellos, incluso cuando carecen de utilidad.
El tratamiento incluye reuniones semanales para examinar las pertenencias, identificar posibles riesgos y establecer metas claras, como la eliminación de objetos repetidos. Además, otra organización colabora con la limpieza periódica de su vivienda, fundamental para mantener los avances.
Gracias a este acompañamiento, Leslie Midwinter ha logrado modificar parte de sus patrones. Ahora, antes de incorporar un nuevo objeto, se detiene a reflexionar si realmente lo necesita, aprendiendo a distinguir entre lo que se desea y lo que es indispensable. No obstante, confiesa que el trastorno no ha desaparecido por completo. «Es imposible hacerlo solo», afirma, destacando que el apoyo profesional le ha permitido comprender las raíces de su apego y manejar la ansiedad que surge al desprenderse de sus pertenencias.
«Aún me cuesta desprenderme de las cosas, sobre todo cuando tienen un vínculo emocional conmigo. Pero llegó un punto en el que necesitaba apoyo, y Response me ha ayudado a quedarme en casa y a gestionar mejor las cosas», concluye Midwinter, reflejando la compleja y continua batalla contra la acumulación.
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