Cuando se habla del vino neuquino, el Pinot Noir se destaca por una razón que ninguna otra variedad ha logrado igualar. Aunque no es la cepa más plantada ni la más extendida en el mercado, ha demostrado de manera inigualable cómo un vino puede transformarse al cambiar el lugar donde nace. Esta sensibilidad particular permitió descubrir que Neuquén no era una única región vitivinícola, sino una provincia donde cada valle tiene un carácter propio.
Nada de esto fue parte de un plan inicial. A fines de la década de 1990, cuando comenzaron las primeras plantaciones en San Patricio del Chañar, el propósito era verificar si la vid podía prosperar en una meseta sin antecedentes significativos. Julio Viola impulsó aquel proyecto, y con los primeros viñedos, se inició un proceso de aprendizaje que continúa hasta hoy.
Marcelo Miras, uno de los protagonistas de esa etapa, resume aquellos años con una frase simple: todo estaba por aprender. Era necesario comprender los suelos, la respuesta de las distintas variedades, el manejo del riego y la influencia del clima en un entorno distinto a cualquier otra región vitivinícola argentina.
Las primeras vendimias empezaron a esclarecer las incógnitas. La baja humedad favorecía la salud del viñedo, el viento contribuía a mantener las plantas robustas y la amplitud térmica permitía una maduración equilibrada. Entre todas las variedades, una respondía de forma diferente: el Pinot Noir. Una pequeña variación en el suelo, la temperatura, la disponibilidad de agua o el manejo del viñedo era suficiente para que el vino también cambiara.
Cosecha tras cosecha, emergió una idea que hoy parece obvia, pero que en aquel momento era impredecible: Neuquén no era una sola región vitivinícola.
Este descubrimiento también modificó el enfoque de los enólogos. Leonardo Puppato afirma que una gran parte del vino se define antes de la cosecha, en la gestión diaria del viñedo. Lucas Quiroga entiende que ninguna vendimia es idéntica a la anterior. Nicolás Navío sintetiza esta visión con una premisa clara: intervenir lo justo para que el vino conserve la esencia del lugar donde fue producido.
El trabajo del enólogo dejó de ser solo elaborar un buen Pinot Noir. También implicaba descifrar qué tenía cada lugar para ofrecer y cómo acompañarlo sin que perdiera su identidad.
Las primeras cosechas evidenciaron que el potencial del Pinot Noir se extendía más allá de San Patricio del Chañar. Con la creciente experiencia, surgieron nuevos proyectos a orillas de los ríos Neuquén y Limay. Senillosa, Picún Leufú y la Confluencia comenzaron a forjar una identidad propia, manteniendo un vínculo con el origen de la vitivinicultura moderna de la provincia.
La Confluencia es un buen ejemplo de este cambio. Aunque la fruticultura predominó, el vino nunca desapareció. Algunas familias regresaron a plantar viñedos y aparecieron nuevas iniciativas que reinsertaron la actividad en el paisaje. Un ejemplo es Mabellini Wines, que retomó una tradición iniciada en Cinco Esquinas en 1928, produciendo vinos con uvas de viñedos propios en Neuquén y Mainqué, Río Negro. La enóloga Valeria López, parte de una nueva generación de profesionales formados en la Patagonia, con sus primeras exportaciones a Francia, demuestra el interés que los vinos neuquinos despiertan incluso en un país con una profunda cultura del Pinot Noir.
La meseta también representó un desafío. Cultivar viñedos de calidad lejos de los grandes valles irrigados parecía complejo, pero Cutral Co demostró otra vía. Allí, el agua proviene de perforaciones profundas, lo que modifica la forma de trabajar el viñedo. La experiencia de Viñedos del Viento generó nuevas interrogantes, y Plaza Huincul ya está ofreciendo las primeras respuestas con sus recientes plantaciones de Pinot Noir.
La cordillera presentó un escenario diferente. En el valle del Chimehuín, entre Junín de los Andes y San Martín de los Andes, una hectárea plantada en 2004 alberga Pinot Noir junto a otras variedades, buscando observar su adaptación a un ambiente de montaña. Sin energía eléctrica de red, la protección contra las heladas depende de motobombas, generadores y largas noches de trabajo cuando las temperaturas descienden bajo cero. Así se trabaja cada temporada, y probablemente así lo hagan también quienes decidan plantar nuevos viñedos en otros puntos de la cordillera, como el valle del río Aluminé.
Más al norte, el paisaje cambia de nuevo, y con él, las preguntas. Desde Chos Malal hasta el valle del Nahueve, siguiendo el corredor que une Taquimilán, Andacollo, Huinganco y Manzano Amargo, emerge uno de los ambientes de montaña con mayor potencial vitivinícola. Desde la Torre recuperó la elaboración de vinos en Chos Malal, revalorizando una actividad con hondas raíces históricas. En el valle del Nahueve, en la ladera del Domuyo, los primeros viñedos comienzan a revelar el potencial que ofrece la combinación de altura, agua de deshielo, amplitud térmica y clima seco.
San Patricio del Chañar dejó de ser la única referencia. A este recorrido se unieron la ribera de los ríos Neuquén y Limay, la Confluencia, la meseta, la cordillera y el Alto Neuquén. Cada lugar mostró una expresión distinta del Pinot Noir.
El interés por el Pinot Noir ha crecido a nivel global. Cada vez se valoran más los vinos que logran expresar claramente el lugar de donde provienen. Hoy, no basta con hacer un buen vino; también importa que tenga identidad y que pueda contar su origen.
Neuquén encontró su propio camino sin intentar emular a Borgoña, Oregón o Central Otago. Una misma variedad puede dar vinos muy diferentes según dónde…
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