En una particular confesión para Pehuenia Online, nuestra columnista revela una faceta inusual: su escaso vínculo con el mundo de la música. Aunque matiza la afirmación al recordar alguna canción pegadiza en YouTube, una lista para las tareas del hogar o la radio encendida al conducir, su melomanía, asegura, no va más allá.
Lejos de ser una fanática de bandas o artistas, la autora no comparte la necesidad que muchos de sus amigos sienten de acompañar cada instante con una banda sonora. Para ella, la vida no es una película con música constante. Su verdadera predilección reside en el silencio, un espacio donde sus pensamientos fluyen sin interrupciones.
En lugar de melodías, ella valora el «ruido real de las cosas»: el tintineo de la cuchara en la taza, el crujido del sillón viejo, el monótono zumbido de la heladera o el rítmico sonar de las teclas bajo sus dedos mientras escribe. Son estos los acordes que hoy mejor la acompañan, aunque este particular gusto por el silencio tiene, según narra, un origen traumático.
Su historia se remonta a la adolescencia de los años noventa, una época en la que la elección musical era casi una sentencia identitaria. Las bandas definían un mundo: un estilo de vida, una actitud, una forma de vestir, un calendario de eventos y un círculo de pertenencia. Las «tribus urbanas» de entonces se enfrentaban con la vehemencia de hinchadas de fútbol, y para ella, la tarea de encontrar su propio lugar fue una tortura constante.
Vivió una crisis de identidad casi a cada paso: experimentó con la etapa hippie al ritmo de Sui Géneris y símbolos de la paz, intentó ser punk con el pelo corto y cinturones de tachas, se adentró en el rock, el tango, la cumbia e incluso la movida electrónica. Ningún estilo lograba representarla por completo.
Superada esa intensa etapa adolescente, decidió desvincular la música de su identidad. Desde entonces, su respuesta estándar a la pregunta sobre qué escuchar se volvió un despreocupado: “cualquier cosa, poné lo que quieras vos”. Sin embargo, el «trauma» nunca se disipó del todo.
Al observar la emoción de los fans en estadios repletos o la pasión de los verdaderos cultores ante un nuevo lanzamiento musical, reaparece en ella una angustia persistente: la sensación de estar perdiéndose de algo inmenso, algo capaz de movilizar a las masas y generar felicidad.
Un momento definitorio llegó cuando «el Indio» falleció. Esa noticia representó una revelación. Sintió estúpida su glorificación del silencio, inmersa en los ruidos domésticos y los ladridos del vecino, mientras la cultura perdía a uno de los próceres del rock nacional.
Desde aquel día, aunque sigue disfrutando de los momentos de quietud y admite su falta de entendimiento sobre ritmos, hay una respuesta clara cuando le preguntan qué quiere escuchar: siempre pide Los Redondos.
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
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