La adolescencia se experimenta como un «auténtico tsunami» para quienes la atraviesan y para sus familias, según describe el psicoterapeuta Rafa Guerrero, experto en trauma, apego e inteligencia emocional. Esta etapa vital, señala, orquesta profundas transformaciones que serán determinantes para el futuro de los jóvenes.
No es un periodo sencillo. Un incremento del malestar psicosomático entre los adolescentes ha sido documentado, alcanzando el 38,5% en 2022, según el Estudio HBSC del Ministerio de Sanidad, en colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS), y publicado en 2025. Simultáneamente, la relación entre padres e hijos adolescentes se complejiza. Proyectos como EMO-CHILD de la Universidad Miguel Hernández revelan que la falta de muestras de cariño y la dificultad para establecer límites sin afectar el vínculo son preocupaciones recurrentes para los progenitores. En una entrevista con La Vanguardia, Guerrero, autor de «Adictos a las pantallas», aborda este distanciamiento y sugiere caminos para mantener una relación sana.
¿Qué sucede exactamente en la adolescencia? Guerrero explica que es un periodo de episodios esenciales: desde cambios hormonales y sociales hasta el desarrollo de la autoestima y la formación de la personalidad. Este «tsunami» está directamente orquestado por el sistema nervioso y el cerebro.
La clave de muchos de estos cambios reside en que la corteza frontal, la estructura cerebral superior ubicada justo antes de la frente, se encuentra en un proceso de «actualización», similar a un dispositivo tecnológico. Esta reorganización cerebral, si bien anticipa una mejora a largo plazo en funciones ejecutivas como la concentración, el control de impulsos, la planificación y la toma de decisiones, conlleva que, mientras dura, estas capacidades no se desempeñen óptimamente. Esto explica por qué los adolescentes pueden actuar por arrebatos, arrepentirse de sus acciones o experimentar emociones con gran intensidad, viviendo más en el presente que pensando en el futuro.
Frente a este escenario de intensas emociones, la pregunta sobre cómo establecer límites emerge con fuerza. El psicoterapeuta subraya que los límites son una forma de ofrecer seguridad y protección, siendo crucial que los padres los implementen y, sobre todo, sean coherentes. Pone como ejemplo una regla clara sobre las pantallas: si se decide que no habrá de lunes a viernes, debe cumplirse, permitiendo al adolescente expresar su enfado sin ceder en la medida establecida.
Un aspecto que a menudo desconcierta a los padres es por qué sus hijos adolescentes parecen escuchar más a sus amigos. Guerrero lo atribuye a varias razones. En primer lugar, los padres suelen ser percibidos como figuras de autoridad. Además, los humanos somos la única especie que, llegada la adolescencia, continúa viviendo bajo el mismo techo que sus padres. Otras especies se separan físicamente mucho antes. En nuestro caso, la separación es emocional antes que física, lo que genera un conflicto natural al tener deseos, objetivos y expectativas distintas a las de los progenitores. Mientras el joven se centra en el presente, los padres suelen tener la mirada en el futuro, con la experiencia del pasado.
En segundo lugar, a nivel evolutivo, el foco del adolescente se desplaza de sus padres hacia sus compañeros. La relación que era vertical, con los padres como referentes, se transforma en una horizontal, entre iguales. La necesidad de pertenecer a una «tribu social» se hace apremiante, impulsándolos a cumplir desafíos con tal de sentirse vistos y aceptados. A esto se suma el desarrollo del pensamiento crítico, que lleva a cuestionar la autoridad adulta y a disentir, como el clásico ejemplo de dejar de creer en Papá Noel, desafiando las narrativas que antes aceptaban.
Respecto a la idea de ser el «mejor amigo» de los hijos, Guerrero advierte sobre una confusión de roles. Argumenta que una cosa es fomentar una relación de confianza y comunicación, y otra es pretender ser un par. Citando al juez Emilio Calatayud, Guerrero concluye que «en el momento en que te conviertes en el mejor amigo de tu hijo, él se queda huérfano», destacando la importancia de mantener la figura parental con sus responsabilidades.
Entonces, ¿qué necesitan realmente los adolescentes de sus padres? El especialista enfatiza la necesidad de coherencia, muestras explícitas de cariño y un ambiente que fomente su autonomía y confianza. Necesitan comunicación constante y «que les demos cancha». Para los padres, esto implica superar uno de los duelos más complejos: el de «enterrar al niño» y «dar la bienvenida al adulto», aceptando que la criatura que fue ya no existe.
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
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