Asturias profunda: Amaia García y el sueño rural a 500 kilómetros de su Madrid

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Asturias profunda: Amaia García y el sueño rural a 500 kilómetros de su Madrid

Amaia García, a sus 54 años, ha redefinido su vida lejos del bullicio de Madrid. Tras una decisión tomada a los 50 junto a su marido, se instaló en una pequeña aldea asturiana que no supera los seis habitantes. Para García, esta mudanza no fue una ocurrencia, sino la materialización de un anhelo que la acompañaba desde la infancia, según relató a La Vanguardia.

Profesora de pilates, Amaia ha adaptado su enseñanza a la era digital, impartiendo clases en línea a alumnos con los que lleva casi tres décadas. La pandemia marcó un punto de inflexión, haciendo que la presencialidad perdiera su sentido para ella. Atrapada en un ritmo de vida en la capital con el que ya no se identificaba, la oportunidad surgió cuando una amiga publicó en redes sociales una casa en venta en un rincón de Asturias.

La conexión de Amaia con esta tierra es profunda. «Mi familia siempre ha estado muy arraigada a esta tierra y he pasado todos mis veranos aquí», explica emocionada. La suerte quiso que su marido compartiera su pasión por el campo, y al encontrar la casa, ambos supieron que era el lugar que buscaban.

El primer año en su nuevo hogar fue idílico. «Sentía que estaba viviendo mi sueño», recuerda. Sin embargo, con el tiempo, la vida rural también reveló sus desafíos. Las distancias son una constante. El pueblo más cercano con servicios esenciales como médico, instituto y comercios básicos se encuentra a 17 kilómetros y cuenta con 10.000 habitantes. Esto implica la necesidad de usar el coche para cada gestión y recorrer largas distancias si se olvida algo en la compra. Además, la casa carece de calefacción central, y la pareja se calienta con chimenea y leña. «Son aprendizajes constantes, pero se superan», afirma la madrileña.

La lejanía de su familia en Madrid, a unos 500 kilómetros, es el aspecto más difícil de su nueva realidad. Amaia viaja cada mes a la capital para reencontrarse con sus seres queridos. Este alejamiento se hizo patente cuando, durante su primer año en Asturias, su abuela falleció. «Gestionar esa distancia es complicado», confiesa. Más tarde, sus padres también enfermaron, pero su trabajo en línea le brinda la flexibilidad de trasladarse a Madrid el tiempo necesario para acompañarlos.

Esta misma flexibilidad laboral se ha convertido en una herramienta clave para combatir la soledad, una sensación que Amaia a veces describe como «extrema», especialmente en semanas en las que su marido viaja por trabajo. El contacto diario con sus alumnos de lunes a jueves y la interacción en redes sociales suplen su necesidad social. Un compañero canino, un cachorro que los siguió a casa desde el campo y nunca más se fue, también facilita sus días.

Amaia García y su marido no viven en un aislamiento total. La aldea se encuentra a 35 kilómetros de Oviedo, aunque ella asegura que nunca ha sentido la necesidad de ir por agobio o soledad. Para quienes contemplan un cambio similar, la madrileña enfatiza que vivir en el campo es una transformación radical. «Si no es una moda pasajera, si es un sueño real y profundo, creo que hay que arriesgarse», aconseja, añadiendo una reflexión liberadora: «Siempre hay camino de vuelta. Nadie te cierra la puerta de la ciudad.»