Graciela y José Luis, una pareja de jubilados de Avellaneda, han redefinido su etapa de retiro al abrazar la vida en motorhome. Lejos de la rutina convencional, han encontrado en los viajes una manera plena de disfrutar, alternando con fluidez entre la comodidad de la ciudad y la libertad de la ruta.
Su aventura sobre ruedas ya los llevó a recorrer cada rincón de Argentina, además de explorar países vecinos como Chile, Uruguay, Paraguay y Brasil, incluyendo la vasta región de Mato Grosso. Sin embargo, su filosofía de viaje ha evolucionado: ahora prefieren detenerse en pequeños pueblos, buscando sumergirse en la historia local y la vida de sus habitantes, en lugar de concentrarse únicamente en las grandes urbes.
“No posterguen los sueños, el dinero se recupera, pero la vida no”, aseguran Graciela y José Luis, compartiendo el lema que los impulsa. Su próximo gran objetivo es llegar a México, un camino que planean recorrer con su mesa de artesanías, la cual les permite complementar los ingresos necesarios para sostener su estilo de vida viajero.
El motorhome se ha convertido en su hogar rodante, equipado con todo lo esencial: cocina, heladera, dos camas independientes, televisión y amplios espacios para guardar sus creaciones artesanales. También disponen de una bomba de agua, y al llegar a campings, pueden conectarse a la electricidad, lo que les permite usar la heladera y otros aparatos. La flexibilidad es clave en su día a día; pueden embarcarse en viajes de meses o simplemente hacer una escapada de fin de semana.
Para gestionar los gastos, la pareja mantiene los costos fijos en Avellaneda y destina una parte de sus ingresos a los viajes. Cuando el presupuesto es más ajustado, optan por preparar su propia comida y agua, buscando lugares cercanos para pasar el día y disfrutar de la experiencia sin grandes erogaciones.
Uno de los tesoros más valiosos que han descubierto en la ruta es la solidaridad. Rememoran, por ejemplo, haber regalado un sticker a una persona que admiraba sus artesanías pero no podía comprarlas. En otra ocasión, alguien les ofreció su casa para usar el baño y tener agua caliente. También recuerdan haber asistido a unos jóvenes detenidos en la ruta, una situación que derivó en una amistad y una invitación posterior a un cumpleaños de quince. Estos encuentros, junto con su participación en mesas comunitarias en reuniones de viajeros, donde cada uno comparte lo que tiene, son el corazón de su experiencia y contribuyen a forjar vínculos que trascienden el camino.
Con la vista puesta en México, Graciela expresa su deseo de conocer los pueblos, iglesias, ruinas, plazas y casas de adobe, especialmente aquellos rincones que escapan a los circuitos turísticos habituales. La mesa de artesanías los acompañará en esta nueva etapa.
Para quienes sueñan con una vida similar, José Luis aconseja no lanzarse de inmediato a un viaje extenso. Sugiere empezar con salidas cortas, pasar un día cerca de casa y luego probar una noche fuera. Según él, la experiencia se adquiere al animarse a dar el primer paso. La pareja está convencida de que viajar permite aprender constantemente y superar desafíos que antes parecían grandes. Mientras alternan su vida entre Avellaneda y las carreteras, su objetivo es seguir sumando kilómetros y descubrir nuevos horizontes.
Su mensaje final para quienes dudan es simple y poderoso: atreverse a empezar y no aplazar los sueños. Para Graciela y José Luis, la ruta se ha transformado en una verdadera forma de vida, donde los viajes, las artesanías y los encuentros humanos tejen una misma y enriquecedora historia.