Desde Estados Unidos hasta Siria, pasando por Francia, Guatemala y Bolivia, el creciente malestar por el drástico aumento del precio del diésel se ha convertido en un fenómeno global. Presidentes como Donald Trump expresan su preocupación, mientras ciudadanos de diversas latitudes se movilizan exigiendo respuestas y soluciones.
En Guatemala, la tensión escaló la semana pasada cuando dos policías resultaron heridos de bala durante enfrentamientos con manifestantes que protestaban por el encarecimiento de los combustibles. Los sindicatos y asociaciones de comerciantes llevan dos meses reclamando la intervención estatal para revertir estos precios, que han impactado directamente en el costo de productos esenciales y del transporte. El diésel pasó de unos 3,4 dólares por galón en febrero a 5,7 a finales de agosto, lo que ha llevado a episodios de quema de vehículos y motocicletas, incluyendo una policial, con una decena de detenidos.
Cruzando el Atlántico, en el sur de Francia, cientos de pescadores bloquearon depósitos de petróleo durante varios días. Aunque los piquetes fueron levantados, aseguran que mantendrán la presión. Ange Natoli, representante del sector, afirmó a la AFP que la movilización continuará hasta ser recibidos por la ministra de Pesca, Catherine Chabaud. Brice Rousseau, uno de los pescadores, expresó la crítica situación: «Ya no ganamos dinero, no podemos salir adelante; el precio del diésel se ha duplicado en seis meses. No podemos seguir así».
En Estados Unidos, el precio del diésel alcanzó un nuevo récord el martes, llegando a 6,27 dólares por galón (3,78 litros). Esta escalada se atribuye a la guerra en Oriente Medio y a los ataques ucranianos contra refinerías rusas. La situación ha puesto todas las miradas sobre la Reserva Federal (Fed), cuyo reciente aumento de tasas de interés ha sido visto con recelo por la Casa Blanca, desde donde se han escuchado voces sugiriendo que tal medida sería «antipatriótica».
Las manifestaciones también se multiplican en Siria. En la ciudad de Qamishli, de mayoría kurda, cientos de personas marcharon el martes con pancartas que rezaban «¡No a la política del hambre!», «¡No a la subida de los precios de los carburantes!» y «¡Protejan los medios de subsistencia del pueblo!». Jansa Nehmat, de 48 años, resumió el sentir colectivo: «Reclamamos nuestros derechos. Los precios del gasóleo deben volver a lo que eran, al igual que los del pan; deben plegarse a las demandas del pueblo».
En Bolivia, el gobierno enfrenta una considerable presión. Cientos de campesinos se movilizaron a principios de mes en Cochabamba, rechazando un decreto que duplicó el precio del diésel para ciertas categorías de consumidores. El costo pasó de 0,8 a 1,5 dólares por litro para quienes compran grandes volúmenes, como los productores agrícolas, generando un fuerte descontento en el sector.
El aumento de precios no solo genera protestas ciudadanas, sino que también se convierte en un punto clave en la agenda política global. En Francia, a siete meses de las elecciones presidenciales, el líder de la izquierda radical Jean-Luc Mélenchon criticó al Banco Central Europeo por subir las tasas de interés, afirmando en X que «el BCE nos lleva contra un muro». Incluso el presidente Emmanuel Macron pidió a su Gobierno una «movilización total» para garantizar el «abastecimiento» y el «control de los precios» de los carburantes. La preocupación por el encarecimiento de los combustibles trasciende fronteras y sistemas políticos, con líderes y ciudadanos buscando soluciones a una problemática que afecta la economía doméstica y la estabilidad social en distintas partes del mundo.