El escritor, crítico y docente Diego Fischerman (Buenos Aires, 1955) nos invita a un recorrido profundo por la música nacional con su nuevo libro, Hoy desperté cantando esta canción (Debate). En esta obra, Fischerman no solo identifica piezas reconocidas como parte del patrimonio cultural argentino, sino que las presenta como cápsulas de sentido, capaces de narrar tiempos y lugares específicos. Cada vez que estas canciones se reinterpretan, reviven una historia con su particular belleza.
En un momento donde la atención es un bien escaso, la capacidad de una canción para perdurar es un auténtico fenómeno. ¿Qué poseen esas melodías para no solo acompañarnos, sino para irrumpir en nuestra rutina? Son aquellas que nos obligan a detenernos en una frase, un giro melódico, o una inflexión de voz, invitándonos a la reflexión. Como bien sugiere el epígrafe spinetteano que abre el ensayo, “Se queda oyendo como un ciego frente al mar”, aludiendo a esa inmensidad estética que nos cautiva por completo.
Argentina ha sido cuna de una cantidad excepcional de canciones capaces de generar tal impacto. La selección de Fischerman es una de las muchas posibles, aunque su canon resulta casi ineludible. Su viaje musical se extiende desde «Mi noche triste» (1916), de Samuel Castriota y Pascual Contursi, hasta «Culpa» (2022) de Wos, trazando un puente entre el tango-canción fundacional y las primeras incursiones cantadas del rap.
La propuesta de Fischerman se inscribe en una tradición de modernidad y distinción, valorando la originalidad, la calidad y la progresión. Estas nociones han moldeado características esenciales del cancionero argentino: la mezcla y la innovación. Las canciones nacionales reelaboran las tendencias globales, pasándolas por el tamiz de las tradiciones locales y una idiosincrasia inquieta.
El libro puede leerse tanto como una cronología de ideas como una lista de reproducción. Desde sus primeras páginas, el autor de Efecto Beethoven define su campo de estudio: canciones cantadas en castellano, con arraigo en el colectivo, que trascienden su tiempo y desafían las etiquetas de género, abrazando la diversidad estilística. Una condición fundamental es su registro, la grabación, y su trayectoria impredecible: la vida de una buena canción va más allá de estrategias de mercado o intenciones compositivas.
Un ejemplo claro es «Solo le pido a Dios» de León Gieco, que pasó de ser un descarte del 4°LP (1978) a convertirse en una plegaria universal. Otro caso es «Vete mí» (1958) de los hermanos Expósito, un tango sentimental que en la voz de Bola de Nieve se volvió un bolero emblemático de Cuba.
A diferencia de las listas descontextualizadas, Fischerman ubica y conecta cada canción. Las sitúa en un tiempo, un espacio, una sociedad y una geografía, vinculándolas no solo con tradiciones musicales, sino también con la dramaturgia, la literatura, el cine y el entretenimiento. El autor destaca aspectos de estilo y forma, enfatizando que cada elección se basa tanto en la composición como en su interpretación.
La impronta del intérprete, una cualidad a menudo subestimada en la crítica local, es crucial para Fischerman, pues puede resignificar una obra e incluso corregir sus imperfecciones. Esta consideración, que hoy vemos en los discos de versiones, fue un punto central de debate y enriquecimiento durante la era dorada del tango.
Fischerman navega por géneros como el tango, el folklore, el Nuevo Cancionero, las fusiones de Piazzolla y el rock, sin limitarse a sus preferencias. Se maravilla ante fenómenos locales como «Ji Ji Ji» o éxitos universales argentinos como «Algo contigo» (1976). Encuentra conexiones inesperadas, como la cercanía de María Elena Walsh con el rock argentino, o la de Erik Satie con la zamba a través de Cuchi Leguizamón, revelando cómo el país reelabora su herencia para contarse a sí mismo a través del tiempo.
Sin embargo, hacia el siglo XXI, la cantidad de “maravillas” parece disminuir. Fischerman atribuye esto no tanto a los artistas, sino a un modelo de país y de mundo donde las canciones se vuelven efímeras, necesitadas de un marco externo –una serie de televisión o un “lore” mediático– para explicarse. En su análisis, las buenas canciones no nacen de la anécdota, sino que la crean; las perdurables no esperan su momento, lo inventan, forzando formas y probando mezclas hasta encontrar la combinación mágica.