Un profundo deseo de “resetear” su vida y reconectar con sus pasiones de infancia llevó a Francisco Lafuente, un empresario argentino de 37 años, a embarcarse en una travesía de 49 días por África. Tras un período de cambios en su esfera profesional y personal, Lafuente sintió la necesidad de “parar la pelota y pensar en lo que quería”, evocando al niño de ocho años que encontraba su felicidad montando a caballo. La chispa inicial para este ambicioso viaje surgió de una consulta casual a ChatGPT: ¿el mejor lugar para un safari a caballo? La respuesta fue el Delta del Okavango, Botsuana, y el destino se selló.
La elección de África no fue casualidad. Desde pequeño, Lafuente fue un apasionado de los animales y la naturaleza, alimentado por las historias de su tío, quien vivió dos décadas en el continente. A esto se sumó su amor por el buceo, una afición nacida de las visitas al acuario de Mar del Plata. Meses de minuciosa planificación y entrenamiento precedieron a esta aventura que, durante casi siete semanas, lo sumergiría en experiencias tan diversas como rápel, senderismo, buceo con cardúmenes y tiburones, safaris a caballo, avistamiento de fauna salvaje, trekking con gorilas, y la exploración de volcanes y vastos desiertos.
La primera gran inmersión fue en los “kelp forests” —bosques de algas— de Ciudad del Cabo, Sudáfrica. Allí, de la mano de James Lowe, un fotógrafo submarino y apneísta sudafricano de renombre, Lafuente se preparó para ser testigo de un fenómeno natural extraordinario: la “Sardine Run” o carrera de las sardinas. Este evento, el mayor migratorio de biomasa del planeta, ocurre entre mayo y junio en las costas orientales de Sudáfrica, cuando billones de sardinas atraen a una cadena de depredadores marinos. Fue en este escenario de majestuosidad y peligro donde Francisco tuvo un encuentro cercano con un tiburón blanco. “Mi cámara se trabó abajo del agua y, mientras intentaba arreglarla, un compañero me hizo la seña de tiburón. Me giré y vi pasar al tiburón blanco a un par de metros arriba nuestro”, relató a Clarín, calificando la experiencia de “bastante peligrosa” por las cambiantes condiciones del mar.
El viaje continuó hacia el Delta del Okavango, Botsuana, un oasis verde en el corazón del desierto de Kalahari que Lafuente describió como “el cielo en la tierra” por su riqueza natural. Durante un safari a caballo de siete días, donde los animales no están habituados a la presencia humana, experimentó la vida salvaje en su máxima expresión. Fue testigo de perros salvajes cazando un impala y vivió un momento de tensión al cruzarse con una leona a apenas 50 metros. “Mi caballo se puso nervioso y tuvimos que alejarnos”, recordó. Compartió su espacio con leopardos, búfalos, cebras, jirafas y elefantes, una “experiencia espectacular” que lo mantuvo en vilo.
Después de la intensidad del delta, Victoria Falls, en Zimbabue, añadió nuevas emociones con actividades como rafting y la audaz inmersión en la Angel’s Pool, una piscina natural de roca ubicada al borde de las imponentes cataratas.
La travesía llevó a Lafuente a Ruanda, al Parque Nacional de los Volcanes, hogar de los gorilas de montaña. Eligió las caminatas más exigentes para observar de cerca a la familia de gorilas “Pablo”, adoptando barbijos como precaución sanitaria debido a la similitud genética. Al día siguiente, escaló el Monte Bisoke, un estratovolcán activo donde el cráter alberga un lago rodeado de selva y una bruma mística, un paisaje que describió como “muy lindo, muy pintoresco”.
Fue en su segunda visita a los gorilas ruandeses cuando Francisco concibió una idea peculiar: nombrar a un gorila bebé como “Messi”. En Ruanda, los gorilas son identificados y bautizados anualmente en el festival Kwita Izina, una tradición enmarcada en los esfuerzos de conservación del Fondo Dian Fossey. Asociado con Argentina y Messi por su nacionalidad, Lafuente propuso a las autoridades locales que un nuevo ejemplar llevara el nombre del astro, considerando el impacto mediático y el potencial turístico que generaría. “Imagínate si logramos que el propio Messi vaya a Ruanda a conocer a su gorila. Le argentinizamos el linaje”, apuntó, mencionando que las autoridades están “abiertas a coordinarlo”.
El epílogo de este viaje transformador tuvo lugar en el desierto de Namibia, un escenario de reflexión personal. Visitó Deadvlei y Sossusvlei, y escaló Big Daddy, una de las dunas de arena más altas del mundo. Entre árboles petrificados, dunas rojizas y una excursión de cien kilómetros hacia la Costa de los Esqueletos, Francisco confesó sentirse “muy chiquito, muy indefenso”. El impacto de la experiencia fue profundo: “La capacidad que tuvo este viaje de volverme muy presente y pleno fue espectacular”, concluyó Lafuente, quien aseguró que no dudaría en repetir una aventura que lo ancló en el “ahora” y le permitió reencontrarse consigo mismo.