La mente humana lucha constantemente con la incertidumbre del azar. Frente a una secuencia de eventos, especialmente cuando resultan desfavorables, busca incansablemente un patrón, un hilo conductor que explique por qué las cosas sucedieron de una determinada manera.
Cuando esta explicación no emerge de forma evidente, la imaginación interviene, fabulando relatos o atribuyendo los sucesos a fuerzas incontrolables como el destino. Esta necesidad de ordenar el caos podría ser una herencia evolutiva, crucial para la supervivencia en tiempos remotos, donde detectar patrones (como la presencia de peligro o alimento) era vital.
Sin embargo, al aplicar este mecanismo a la complejidad de la vida moderna, a menudo genera interpretaciones erróneas. Atribuir un sentido profundo a lo aleatorio se convierte en un reflejo casi automático.
A esta tendencia se suma un fenómeno bien documentado: la memoria retiene con mayor fuerza las experiencias negativas que las positivas. Un mes salpicado por tres contratiempos se graba vívidamente, mientras que un período tranquilo apenas deja rastro. Es así como, de forma casi imperceptible, se instala la sensación de atravesar una “mala racha”.
Lejos de ser una cuestión de carácter o un rasgo innato, esta percepción responde a un sesgo compartido por la mayoría de las personas, cuya influencia varía según cómo cada uno aprende a interpretar lo que le acontece.
Esta creencia popular encuentra un fundamento en la psicología a través de un concepto desarrollado hace décadas.
En 1954, el psicólogo estadounidense Julian Rotter publicó Social Learning and Clinical Psychology, una obra fundamental en el desarrollo de su teoría del aprendizaje social. En ella, Rotter exploraba cómo las personas entienden la conexión entre sus propias acciones y las consecuencias que estas generan.
Sus investigaciones revelaron que, ante situaciones idénticas, algunos individuos tendían a creer que los resultados dependían de sus decisiones y conducta, mientras que otros los atribuían principalmente a la suerte, al destino o a factores externos ajenos a su control. Esta distinción fue formalizada por Rotter en 1966, dando origen al influyente concepto de “locus de control” en la psicología de la personalidad.
Aquellos que imputaban los resultados a la suerte o al destino, con un locus de control externo, se mostraban más propensos al fracaso. Esto no se debía a una persecución del universo, sino a que la pasividad derivada de creer en la “mala suerte” terminaba por convertirse en una profecía autocumplida.
La manera de interpretar un revés también se vincula con la rigidez o flexibilidad de la propia percepción de las capacidades. Quien concibe sus habilidades como algo inmutable vive cada fracaso como una sentencia definitiva sobre su valía.
En contraste, la persona que entiende que siempre es posible aprender y ajustar el rumbo, interpreta el mismo fracaso como una fuente de información útil. Esta diferencia es clave entre afirmar “no sirvo para esto” y reconocer “todavía no aprendí esto”, marcando la distancia entre quien se hunde y quien logra reorientarse.
La resiliencia, de igual forma, no es una aptitud innata. Las personas que mejor atraviesan la adversidad no son las que enfrentan menos dificultades, sino aquellas que cuentan con redes de apoyo sólidas y la práctica de transformar cada obstáculo en un desafío o en un dato valioso, en lugar de una prueba más de su infortunio.
Nada de esto niega la existencia de la injusticia, el azar cruel, las enfermedades inesperadas o la pérdida de un ser querido. Es innegable que la vida reparte cartas desiguales. Sin embargo, entre la carta que se recibe y la mano que se decide jugar, existe un margen. Ese margen es, precisamente, el espacio de acción personal.
La verdadera pregunta, entonces, no reside en si se tiene o no buena suerte. Se centra, más bien, en qué se hace con aquello que, efectivamente, está en las manos de cada uno.