La final de la Supercopa Internacional, un evento que debería ser motivo de celebración y disfrute por el despliegue de los equipos y la magia de jugadas como el golazo de tiro libre de Ángel Di María, se vio empañada por un sentimiento de profunda indignación. Lejos de la emoción pura por el mérito deportivo de Central para alcanzar su 14° título, la sombra de las decisiones arbitrales y el uso del VAR volvió a generar un amplio descontento.
El fútbol argentino siempre ha convivido con arbitrajes que generaban debate y críticas por parte de los equipos perdedores. Sin embargo, en los últimos tiempos, se ha gestado un consenso creciente en torno a la percepción de una posible manipulación en partidos y resultados, una situación que pocos recuerdan en la historia reciente de nuestro deporte.
Esta preocupación se manifestó de forma evidente en el manejo del VAR durante la reciente final. Las decisiones tomadas desde Ezeiza, sede del poder de la AFA, generaron serios cuestionamientos. Un ejemplo claro fue la exhaustiva búsqueda de una infracción en el área de Estudiantes: un contacto que inicialmente parecía inocuo fue elevado a categoría de falta tras una prolongada revisión y la repetición de imágenes hasta doce veces en un minuto, buscando influir en la decisión del árbitro principal.
Contrastando con esta minuciosa revisión, el VAR mostró una celeridad asombrosa, de apenas 25 segundos, para desestimar una potencial falta en el área de Rosario Central, a pesar de la existencia de «imágenes drásticas» que podrían haber ameritado un análisis más profundo. A esto se suma el silencio llamativo ante un «tremendo patadón» de un jugador de Central, ya amonestado, a un rival, una acción que, según las imágenes, podría haber derivado en una expulsión directa. El criterio del VAR, bajo la supervisión de Jorge Baliño, pareció selectivo: cuándo intervenir y cuándo no.
Darío Herrera, el juez de campo, cuya carrera atraviesa un «lastimoso final», fue percibido por muchos como un mero ejecutor de directrices. La entereza que algunos colegas han mostrado al resistir «órdenes» desde Ezeiza, no se vio reflejada en su actuación. Un árbitro que en el pasado gozó de cierto prestigio, a pesar de su polémica trayectoria, parece haber dilapidado su imagen, quizás en una búsqueda de reconocimiento que lo lleve al Mundial.
Esta situación trasciende el resultado entre Central y Estudiantes. Lo lamentable es que aficionados neutrales, que solo buscaban disfrutar de una final de fútbol, terminan desalentados y con la sensación de que ya no es posible ver el fútbol argentino con la misma pasión y confianza. La indignación prevalece, y la duda sobre la transparencia ensombrece el espectáculo.