Algunos jugadores forjan su carrera a base de goles. Otros, además, parecen construirla a partir de regresos constantes. Enner Valencia se inscribe en este segundo grupo. El domingo, en el Gigante de Arroyito, Boca perdía 2-0 con Racing en la Copa Argentina, y la clasificación a las semifinales parecía inminente. Fue entonces cuando apareció él.
Valencia ingresó desde el banco de suplentes y, en poco más de veinte minutos, anotó tres goles, todos de cabeza. Una actuación que transformó una derrota ya encaminada en una remontada inolvidable para Boca.
Después del partido, con la emoción aún latente, Valencia pronunció una frase que, vista desde su trayectoria, cobra una dimensión particular: «He pasado momentos difíciles». Y enseguida añadió que lo vivido en Rosario estaba entre los momentos «más inolvidables» de su carrera. No fue solamente el relato de una noche increíble; para un delantero que pasó buena parte de su vida aprendiendo a levantarse después de cada golpe, aquella remontada pareció casi una continuación natural de su historia.
Mucho antes de ser el máximo goleador histórico de Ecuador, de disputar tres Mundiales y de recorrer distintas ligas, Enner era un chico de Ricaurte, un pequeño pueblo de la provincia de Esmeraldas, cerca de la frontera con Colombia. Al salir de la escuela, no iba directamente a entrenar. Iba al campo junto a su padre, Remberto. Allí, ordeñaba vacas, atendía animales, sembraba, cosechaba plátanos y juntaba limones para venderlos en el pueblo.
“Nosotros sacábamos mucha leche y a mí me tocaba venderla en Ricaurte. Sembrábamos plátanos. Cosechaba limón para venderlo y comprarme los zapatos para poder jugar. Fueron momentos muy lindos con mi familia”, contó Valencia tiempo atrás.
Caminaba cerca de veinte minutos cargando la producción desde la finca hasta los comercios de Ricaurte. Cada viaje tenía un objetivo: juntar el dinero suficiente para comprarse un par de botines. No era una metáfora. Los botines eran un lujo para su familia y, cuando finalmente consiguió los suyos, los cuidaba como un tesoro. Dormía con ellos al lado de la cama.
Por entonces ni siquiera imaginaba que terminaría jugando un Mundial, mucho menos que algún día sería el goleador histórico de su selección. “En ese instante no se me pasaba por la cabeza que pudiera ser futbolista profesional. Las cosas se fueron dando poco a poco”, recordó.
Y las cosas, efectivamente, se fueron dando. Un cazatalentos lo vio en torneos regionales de Esmeraldas y apareció la posibilidad de irse a Caribe Junior, en Sucumbíos. Tenía apenas 15 años cuando dejó su casa para buscar una oportunidad. La separación de su familia no fue sencilla: durante sus primeros meses lejos de Ricaurte extrañó tanto a los suyos que llegó a llorar todos los días.
Después llegó Guayaquil. Barcelona lo probó y no quedó. Emelec, en cambio, decidió apostar por aquel delantero que llegaba desde el interior del país. Pero otra vez tuvo que atravesar una situación que hoy parece increíble cuando se la compara con el jugador que acaba de hacerle tres goles a Racing.
Como no tenía dinero para alquilar una habitación, durante aproximadamente un año vivió dentro del estadio George Capwell. Tenía una cama, pero afuera de ella empezaba otra lucha: lavarse la ropa, conseguir comida y muchas veces entrenarse sin haber desayunado. “Esa experiencia me hizo un poco más maduro. Fue muy lindo, me hizo una mejor persona y valorar mucho las cosas”.
El camino tampoco fue inmediato. Aunque subió rápidamente al primer equipo, debió esperar casi dos años para debutar oficialmente. Recién en 2010 apareció en Primera y, desde allí, su carrera explotó: campeón con Emelec, goleador de la Copa Sudamericana, figura de Ecuador, el salto a México e Inglaterra, hasta convertirse en el máximo artillero histórico de la selección ecuatoriana.
Pero los golpes no terminaron cuando llegaron los goles. En 2020, cuando jugaba en Fenerbahce, su hermana Elsy fue secuestrada en Ecuador. Permaneció once días cautiva hasta que fue rescatada por la Policía en una zona selvática. Valencia atravesó aquellos días desde Turquía, pendiente de una situación que excedía largamente al fútbol. La noticia de su liberación significó uno de los mayores alivios de su vida.
Y también hubo golpes estrictamente futbolísticos. En el Mundial 2026, Valencia llegó como uno de los grandes referentes de Ecuador, pero terminó el torneo sin marcar. Después de la eliminación, además, quedó sin club tras finalizar su vínculo con Pachuca. Son capítulos diferentes, en contextos diferentes, pero forman parte del recorrido de un futbolista acostumbrado a atravesar momentos difíciles.
Y entonces llegó a Boca. A los 36 años, Valencia no aterrizó en un equipo que estuviera esperándolo con el puesto asegurado. Llegó con el plantel ya armado, después de un período con poca actividad y con la necesidad de ponerse físicamente a la par de sus compañeros. Sabía que tendría que esperar su oportunidad. Y esperó. Hasta los cuartos ante Racing. Y con Racing, otra de esas noches en las que todo parecía perdido. Después de haber quedado afuera de los convocados ante San Lorenzo por el cupo de extranjeros. Había sido el sexto. El relegado.
Boca perdía 2-0 y el reloj empezaba a convertirse en enemigo. Enner estaba en el banco, junto a Sebastián Villa. Los dos miraban cómo se les escapaba el partido hasta que hablaron. «Sabés que con Seba Villa estábamos en el banco y cuando íbamos 2-0 hablamos, ¿no? Tenemos que entrar y tratar de darle vuelta al resultado….