En Argentina, cerca de uno de cada diez adultos presenta síntomas compatibles con el síndrome de intestino irritable (SII), un trastorno que altera los hábitos evacuatorios con constipación, diarrea o una combinación de ambas, acompañado de dolor o molestia al menos tres veces al mes. El SII es una de las afecciones más comunes del eje cerebro-intestinal y una razón principal de consulta médica, tanto en medicina general como en gastroenterología.
Los criterios para su diagnóstico, conocidos como Criterios de Roma, se actualizan cada década por un panel de expertos internacionales. La quinta y más reciente versión, Roma V, publicada este año en la revista Gastroenterology, ha sido recibida con alivio por la comunidad médica. Esta edición flexibiliza algunas condiciones que se habían endurecido en Roma IV, la versión anterior, y que dejaban sin diagnóstico a muchas personas que, a pesar de padecer síntomas claros de SII, no encajaban en la definición precedente.
El Dr. Jorge Olmos, jefe de Neurogastroenterología del Hospital de Clínicas de la UBA, explica que los ajustes en Roma V —muy similares a los de Roma III— permiten nuevamente incluir a pacientes que experimentan dolor o molestias abdominales recurrentes junto con cambios en su patrón intestinal. En la misma línea, Karin Kopitowski, especialista en medicina familiar, comenta que los criterios anteriores eran demasiado restrictivos y dejaban fuera a muchos que convivían con este síndrome. Álvaro de la Serna, en Medscape, si bien apoya la ampliación, subraya la importancia de mantener una evaluación clínica rigurosa.
Uno de los cambios más destacados de Roma V es la reincorporación de la “molestia” como criterio diagnóstico. Roma IV, vigente desde 2016, exigía específicamente “dolor abdominal” y había excluido el “disconfort”. Los autores de la actualización argumentan que esta inclusión reconoce que pacientes en diversos países pueden sentir molestias sin llegar a experimentar dolor, siendo estos síntomas lo suficientemente perturbadores como para buscar atención médica o afectar su calidad de vida diaria.
Diferenciar dolor de molestia puede ser complejo. Según Olmos, la molestia es de menor intensidad, aunque la percepción varía según el umbral de cada individuo. Algunos sienten dolor ante estímulos leves, mientras otros describen una sensación sin calificarla como dolor.
Otro ajuste significativo es la reducción en la frecuencia requerida de los síntomas. Para el diagnóstico, el umbral de dolor pasó de “al menos un día por semana” a “tres días al mes” durante los últimos tres meses, lo que permite considerar a personas con síntomas menos frecuentes pero igualmente impactantes.
Además, se enfatiza que el dolor o la molestia deben ser recurrentes, no continuos. Esta intermitencia es crucial para descartar dolor de origen central o causas orgánicas. Es fundamental recordar que en el SII, como en otros trastornos del eje cerebro-intestinal, no hay una causa orgánica subyacente identificable, aunque el sufrimiento del paciente es real e intenso.
El Dr. Olmos agrega que el dolor o la molestia no deben ser exclusivos de la menstruación. Es común confundir el SII con el dolor menstrual en mujeres, un aspecto relevante dado que el síndrome es el doble de frecuente en el sexo femenino.
Estos cambios en los criterios “sensibilizan y hacen más frecuente” el diagnóstico del intestino irritable, según Olmos, marcando un retorno a la flexibilidad de Roma III. Un estudio epidemiológico previo, liderado por el Dr. Olmos, mostró que bajo los criterios de Roma III, el 9% de la población estudiada presentaba condiciones compatibles con SII. Esta prevalencia descendió al 4% con los criterios más estrictos de Roma IV, y ahora, con Roma V, se espera que vuelva a rondar el 9-10%. Es importante aclarar que la prevalencia se refiere al porcentaje de personas en la población general que cumplen con los criterios clínicos de sospecha, no necesariamente con un diagnóstico confirmado.
El diagnóstico del síndrome de intestino irritable comienza con los criterios clínicos de dolor o molestia, y el patrón evacuatorio que puede ser dominante de diarrea, constipación o mixto, siendo el subtipo con diarrea dominante el más frecuente en Argentina. Posteriormente, se buscan “síntomas de alarma” como anemia, pérdida de peso inexplicable, sangrado digestivo, edad mayor de 50 años, diarrea nocturna o incontinencia fecal, que ameritarían estudios más profundos.
Se realiza un análisis de sangre básico, que incluye glóbulos rojos y PCR para detectar inflamación, además de anticuerpos para enfermedad celíaca, una condición que a menudo se confunde con el SII. Si no hay síntomas de alarma y los anticuerpos son negativos, se inicia un tratamiento basado en el subtipo del síndrome.
Si el paciente no responde adecuadamente al tratamiento inicial, es esencial investigar otros posibles trastornos. En casos de diarrea dominante, por ejemplo, la colitis microscópica es una posibilidad importante; requiere una colonoscopia con biopsias escalonadas y se trata con corticoides de baja absorción. Un tercio de los casos de colitis microscópica cumplen, de hecho, los criterios de Roma para SII.
Otra entidad recientemente incorporada y a menudo subestimada es la insuficiencia pancreática exocrina, cuyos síntomas pueden ser indistinguibles de los del SII. Un estudio en el hospital del Dr. Olmos reveló que el 5% de los pacientes diagnosticados con SII de diarrea dominante tenían insuficiencia pancreática exocrina, evidenciada por niveles bajos de elastasa en materia fecal, y respondieron bien a enzimas pancreáticas. Sorprendentemente, el 70% de estos casos presentaba grasa en el páncreas al realizar una ecoendoscopia, similar a la esteatosis hepática.
El tratamiento del síndrome de intestino irritable abarca diversas estrategias. Para el dolor…