Sandra Urrutia, residente de Zapala, vivió una de las etapas más desafiantes de su vida. Tras contagiarse de COVID-19 y pasar cuatro meses en coma, la enfermedad le dejó secuelas neurológicas y una prolongada rehabilitación. A esto se sumó una profunda pérdida personal. Hoy, desde su ciudad natal, Sandra construye un nuevo presente a través de un emprendimiento que, surgido casi por casualidad, se ha convertido en su motor para mirar hacia adelante.
El contagio de COVID ocurrió mientras vivía en Neuquén. La gravedad de su estado la llevó por distintos centros de salud hasta un coma de cuatro meses. Al despertar, el camino no fue menos arduo. La enfermedad le dejó una discapacidad que afecta la sensibilidad de su lado izquierdo, aunque conserva la movilidad. A esta situación le siguieron seis meses de intensiva rehabilitación para recuperar sus funciones.
Cuando Sandra finalmente regresó a casa tras su tratamiento, enfrentó otro golpe devastador: el fallecimiento de su marido, con quien compartió casi 28 años. Este suceso la llevó a cuestionar su propósito. «Siempre preguntaba qué era lo que había más allá para mí, por qué tenía que pasar por todo esto», recuerda.
En busca de un nuevo inicio, Sandra volvió a Zapala, la ciudad que la vio nacer y crecer. Después de casi tres décadas de ausencia, la encontró transformada. «Cuando volví habían pasado casi 30 años. Es una ciudad grande, gente que no conozco, gente que no me conoce», relata. Sin embargo, este regreso se convirtió en una oportunidad: «Fue más fácil volver a empezar. Un nuevo comienzo», afirma.
Fue durante sus caminatas por los alrededores de Zapala, mientras se reencontraba con la ciudad y su entorno natural, que germinó la semilla de su emprendimiento. Empezó a observar y reconocer las plantas y hierbas de la zona, dejándose llevar por los «olores de la montaña, de la manzanilla, de la menta».
Estos aromas de la precordillera despertaron en ella recuerdos de su experiencia previa en cocina y elaboración de bebidas. Así surgió la pregunta: «¿Por qué no hacer algún producto propio de la precordillera?» La respuesta fue la elaboración de un fernet utilizando las hierbas locales.
La idea tomó forma a partir de sus conocimientos y lo aprendido años atrás. «Incluso fui a Mendoza y estuve en una fábrica. Aprendí cómo era el proceso, cómo se podía hacer», detalla. Sin embargo, más allá del producto, el verdadero impulso era la necesidad de reconstruir su futuro.
Para Sandra, emprender significó recuperar su autonomía y, fundamentalmente, volver a proyectar. A sus más de 50 años, ve en su proyecto una forma de «sentar bases» para el futuro, con el objetivo de tener su propia casa, sus bienes y no depender de nadie.
Tras todo lo vivido, su emprendimiento se volvió una herramienta concreta para mirar hacia adelante. «No me quedó otra que volver a estar con mis padres y así volver a vivir», cuenta sobre aquel período. Hoy, con cada paso de su proyecto, Sandra está construyendo una nueva vida.
Sandra no niega la existencia del miedo; al contrario, reconoce que «el miedo es parte de la vida». «El que dice que no tiene miedo, miente», asegura. Lo que sí cambió fue su forma de enfrentarlo. Para ella, «todo el mundo tiene una misión en esta tierra», y el emprendimiento fue su camino para superar esa etapa y volver a proyectar.
Aunque este proyecto ha sido crucial, Sandra está convencida de que, de no haber aparecido, «habría encontrado otra manera de seguir adelante». El mensaje que busca transmitir va más allá de su producto: es la posibilidad de volver a empezar. «La vida no se terminó con mi esposo que falleció o con la enfermedad que me tocó pasar. La vida sigue todos los días y uno todos los días tiene que ponerle fuerza», afirma con convicción.
Con la voz firme, Sandra Urrutia concluye: «Ser emprendedora me salvó de la depresión, me dio vida y es lo que me da fuerza todos los días para proyectar. Emprender es sanador». Después de un coma, una discapacidad, meses de rehabilitación y una pérdida inconmensurable, Sandra eligió seguir. «Todos los días hay que ponerle fuerza, todos los días tiene que poner empeño. Se puede, se puede, se puede», repite, un mantra de resiliencia en Zapala.