Agendas de Papel: Más que Fechas, un Voto de Confianza en el Mañana

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Agendas de Papel: Más que Fechas, un Voto de Confianza en el Mañana

A fines de septiembre, las papelerías ya exhibían las primeras Agendas 2027 en sus estantes. Este objeto, un cuadernito de papel para organizar la vida, puede parecer una reliquia en tiempos de pantallas. Hoy, muchos se organizan con Google Calendar, que ofrece notificaciones constantes: el día anterior, media hora antes, a la hora justa, media hora después e incluso al día siguiente de cada compromiso. Para algunos, este torrente de avisos, más que una ayuda, resulta una verdadera ‘tortura china’.

Sin embargo, hay quienes, como yo, siguen prefiriendo el papel para ordenar sus días y para plasmar ideas o borradores. Entre quienes elegimos la agenda física, la predilección por un tipo específico es casi un rasgo distintivo. La selección de herramientas de escritura, desde biromes hasta lapiceras con cartucho, refleja una constante en la naturaleza humana: la necesidad de elegir. Y con las agendas, esta elección también evoluciona.

Mis elecciones nunca se inclinaron por las agendas de lujo –de cuero o piel–, por temor a extraviarlas apenas comenzado el año. Tampoco por las temáticas, como las de Mafalda, Maitena o de astrología; la idea de un robo y la consiguiente pérdida de mis compromisos me generaba una ‘paranoia’ justificada, pues alguna vez me dejó sin cumplir obligaciones.

Hasta hace una década, mis agendas eran las más pequeñas del mercado, las ‘tipo chinas’, cuya única exigencia era tener el día y la fecha pre-impresos (evitando así las ‘universales’ que obligan a anotar el día de la semana, un verdadero incordio). Con el tiempo, su tamaño aumentó al de un libro de bolsillo, y en los últimos dos años se han transformado en cuadernos grandes, necesarios para escribir actividades con letra ‘gigante’, pues sin los anteojos de lectura, la caligrafía armoniosa es una misión imposible.

Un momento de particular significado llegó tras el fallecimiento de mi madre, al heredar su agenda. Impactó ver en ella actividades y cumpleaños programados para fechas posteriores a su muerte. Una obviedad, sí, pues nadie conoce su hora final. Para mi madre, la agenda anual era un artículo de primera necesidad, un hábito ineludible, donde registraba anotaciones muy personales. Recuerdo que, siendo yo una niña de cinco o seis años, para demostrar que le mentía, me espetó: ‘Es la segunda vez que me mentís; la anterior hasta la anoté en mi agenda’.

Se dice que cada ser querido que parte nos deja un mensaje. Entre los muchos que mi madre me legó, descubrí este: adquirir una agenda para el año siguiente, anotar en ella fechas importantes, aniversarios y cumpleaños venideros, es un acto de fe y esperanza. Es la silenciosa manifestación del deseo de seguir ‘vivito y coleando’ un año más.