En Puebla, México, una iniciativa transformadora convierte botellas, bolsas y juguetes plásticos, destinados a basurales, en paredes y techos para viviendas. Se trata de EcoDom, una empresa social fundada por el emprendedor mexicano Carlos Daniel González, cuyo propósito es fusionar el reciclaje con la construcción de casas económicas.
Este proyecto, iniciado en 2013, desarrolló un sistema para fundir diversos tipos de plástico descartado, generando paneles de alta resistencia. En solo sus primeros tres años, EcoDom logró construir 500 habitaciones para programas municipales de vivienda y aseguró contratos para levantar 300 casas completas adicionales.
Actualmente, la planta de EcoDom procesa unas 5,5 toneladas de plástico cada día, produciendo cerca de 120 paneles. Una casa estándar de aproximadamente 40 metros cuadrados requiere alrededor de dos toneladas de residuos plásticos y puede ser levantada en tan solo siete días.
El proceso de transformación comienza con la recolección y clasificación minuciosa de los residuos. EcoDom emplea distintos tipos de plásticos desechados, asegurándose de separar aquellos materiales que podrían liberar sustancias tóxicas durante el calentamiento.
Una vez seleccionados, los residuos son triturados hasta obtener fragmentos uniformes. Posteriormente, se introducen en hornos industriales que alcanzan los 350 °C por aproximadamente 30 minutos. El material ya fundido se traslada entonces a una prensa hidráulica.
El resultado son paneles de unos 2,4 metros de largo, 1,2 metros de ancho y 2,5 centímetros de espesor, ideales para construir paredes y techos. Una vivienda completa necesita aproximadamente 80 de estos paneles. El modelo de 40 metros cuadrados contempla dos dormitorios, baño, cocina y un área de estar. Según González, el material no solo es constructivo, sino que también funciona como aislante térmico y su vida útil podría extenderse hasta los 100 años, una estimación de la propia empresa.
La inspiración para EcoDom surgió de una observación personal de Carlos Daniel González, quien creció en Puebla y fue testigo de la constante acumulación de residuos en su entorno. “De niño recuerdo ver todo el plástico y la contaminación que provocaba”, relató el emprendedor.
Esa experiencia lo llevó a buscar una solución que abordara de manera simultánea dos grandes desafíos: la creciente cantidad de residuos y la dificultad de acceso a viviendas dignas. EcoDom encontró su nicho en la construcción social, colaborando con municipios y organizaciones que impulsan programas de viviendas subsidiadas, en lugar de centrarse únicamente en la venta a particulares.
Entre sus primeros grandes proyectos se destaca el realizado en Huauchinango, donde suministraron materiales para 500 ampliaciones de viviendas. Luego, firmaron un acuerdo con el municipio de Chiconcuautla para construir 150 casas, seguido de otro contrato por la misma cantidad en Pahuatlán.
En cuanto a los costos, los paneles de EcoDom están diseñados para ser accesibles dentro de los programas sociales. Los paneles interiores tenían un precio de unos 500 pesos mexicanos, mientras que los exteriores llegaban a 650 pesos y los destinados a techos rondaban los 600 pesos.
Gracias a programas públicos subsidiados, las familias elegibles podían adquirir una vivienda terminada aportando tan solo 5.000 pesos mexicanos, equivalentes en aquel entonces a unos 280 dólares.
La iniciativa también generó un impacto positivo en el circuito de recolección de residuos. Mientras los recolectores informales solían recibir apenas 1,5 pesos por kilogramo de plástico de empresas recicladoras tradicionales, EcoDom estableció acuerdos de compra a precios más elevados, logrando que algunos de ellos casi duplicaran sus ingresos, según la información del proyecto.
Desde sus inicios, González expresó la visión de escalar la producción de EcoDom y expandir su sistema a otras regiones. Su estrategia era asegurar contratos de gran envergadura dentro de México antes de llevar la tecnología a otros países que enfrentaran retos similares en materia de vivienda y gestión de residuos.
Así, el modelo de Puebla no solo ofrece una segunda vida a toneladas de plástico, transformando un residuo difícil de gestionar en un material de construcción rápido, sino que también, a través de alianzas con municipios, facilita el acceso a viviendas para familias con mayores dificultades.