La idea de una cocina abierta promete una vivienda con más luz, amplitud y un espacio común donde la familia pueda cocinar, comer y compartir. A menudo, se presenta como la solución ideal para pisos pequeños o muy compartimentados. Sin embargo, esta tendencia, aplicada indiscriminadamente, puede ocultar costos y desafíos significativos, según advierten especialistas del sector.
Rubén Rodríguez, diseñador de cocinas y director de Cocinas Suarco, señaló a La Vanguardia un aspecto crucial que a menudo se pasa por alto antes de iniciar una reforma: “Las cocinas abiertas salen más caras que las cerradas”. Una pared no solo divide visualmente; también cumple la función de contener olores, ruidos y el desorden cotidiano, permitiendo que en estancias contiguas sucedan actividades diferentes al mismo tiempo. Eliminarla no siempre simplifica ni abarata la obra.
El incremento en el presupuesto surge de varios frentes. Al unir dos ambientes, pueden ser necesarias intervenciones adicionales en áreas como electricidad, fontanería, desagües, pavimentos o revestimientos, especialmente si los materiales originales de cocina y salón eran distintos. Además, Rodríguez explica que “cuando la cocina queda permanentemente integrada en la zona de estar, también aumenta la exigencia estética”. Esto significa que los muebles, la encimera, los electrodomésticos y la iluminación deben armonizar con el resto del interiorismo del salón, lo que suele implicar acabados de mayor calidad y, por ende, un gasto superior. Elementos populares como las islas, por ejemplo, no siempre son viables sin comprometer la circulación, y su inclusión forzada puede ocupar más espacio del que realmente aportan.
La idoneidad de una cocina abierta también depende directamente del estilo de vida y los hábitos culinarios. “El afán por tener una cocina abierta al salón puede no ajustarse al estilo de vida de alguien que cocine a diario”, resume Elisenda Gadea, arquitecta técnica de ASANA Arquitectura. No es lo mismo preparar algo rápido que cocinar intensamente cada día. En una cocina cerrada, basta con cerrar la puerta para limitar olores, vapor y ruido. En un espacio abierto, todo esto se propaga por el área principal de la vivienda.
El desorden es otro factor a considerar. Una cocina independiente permite dejar los platos para más tarde o guardar pequeños electrodomésticos y utensilios fuera de la vista. En una cocina abierta, la encimera y todo lo que contenga son una parte constante del paisaje del salón. Para algunos, esto es irrelevante; para otros, puede convertirse en una incomodidad diaria. Gadea enfatiza que no hay soluciones únicas: las necesidades varían si se vive solo, en familia, se teletrabaja o se tienen horarios dispares. “El café para todos no funciona en arquitectura”, advierte.
La ausencia de una separación física obliga a ser mucho más exigente en aspectos que antes pasaban desapercibidos. El interiorista Josep Boix señala que un error común es pensar que integrar cocina, comedor y salón se resuelve solo derribando tabiques. El diseño debe funcionar como un conjunto, estudiando recorridos, proporciones, iluminación, materiales y, crucialmente, la extracción de humos y el ruido. Electrodomésticos ruidosos, como lavavajillas o campanas extractoras, que en una cocina cerrada no molestan, requieren opciones silenciosas y sistemas de extracción de alta eficiencia en un espacio abierto. Boix lo resume: “Los humos, el ruido o una mala resolución estética pueden romper completamente la armonía del espacio”. La cocina, en este escenario, debe integrarse como un mueble más del salón, tanto en estética como en funcionalidad.
Sin embargo, esto no implica que las cocinas abiertas sean siempre una mala decisión. En muchas viviendas, especialmente las compactas y modernas, eliminar divisiones permite aprovechar mejor los metros cuadrados limitados, aportando luz natural del salón a una cocina oscura o transformando dos habitaciones pequeñas en una zona de día más agradable. Los arquitectos Isabel Roger y Daniel González defienden que una redistribución bien planeada puede cambiar una vivienda por completo. El verdadero problema no es derribar paredes, sino hacerlo por simple tendencia, sin una planificación adecuada a las necesidades específicas.
Entre las opciones extremas de apertura total o cierre completo, existen soluciones intermedias que ofrecen flexibilidad. Una puerta corredera, un cerramiento acristalado o una separación parcial pueden mantener la sensación de amplitud y el paso de la luz, permitiendo al mismo tiempo aislar la cocina cuando sea necesario. Abrir la cocina puede, en efecto, mejorar una vivienda, pero también puede llevar a un gasto mayor solo para descubrir que la pared eliminada cumplía una función mucho más importante de lo que se creía.
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
Tu opinión es importante para nosotros. Sé la primera persona en dejar un comentario.
Empezar conversación ahora