Cynthia Wila: La culpa, el ‘zumbido’ silencioso que aprisiona el deseo y nos condena al autocastigo

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Cynthia Wila: La culpa, el 'zumbido' silencioso que aprisiona el deseo y nos condena al autocastigo

Desde los mandatos familiares hasta los desafíos laborales, los vínculos de pareja, la crianza de los hijos o la forma de decir ‘no’, la culpa se esconde en cada aspecto de nuestra existencia. Es un sentimiento intrínseco a la condición humana, una presencia constante que la psicóloga Cynthia Wila describe como una prisión que inmoviliza el deseo, una herramienta de manipulación y una fuente de sufrimiento muchas veces evitable.

En su reciente ensayo, La culpa (Paidós), Wila profundiza en las múltiples facetas de este sentimiento universal. En una entrevista con Clarín, la autora desglosó los mecanismos y los espacios donde opera esta sensación de la que, afirma, nadie puede escapar.

Wila explica que la culpa no es un sentimiento del que podamos liberarnos completamente, pues somos parte de una cultura. Entramos al mundo a través de lo que ella denomina el ‘Gran Otro’, una instancia simbólica que nos condiciona desde el lenguaje, la religión, las leyes y los mandatos familiares. Estos factores, presentes desde los primeros años, marcan nuestras vidas, influyendo en cómo deseamos, sufrimos y sentimos culpa. La intensidad de su impacto dependerá de las experiencias sensibles de cada persona, dejando ‘heridas psíquicas’ que se estructuran en nuestra psique y nos imponen una ‘deuda’.

Esta deuda, según Wila, se paga con culpa y sus dolorosas consecuencias: autocastigos, automutilaciones, síntomas, inhibiciones y angustias. La culpa nos detiene, nos deja inmóviles. ‘La culpa es una prisión que inmoviliza el deseo’, sentencia. Nacemos en deuda con el Otro y con quienes nos precedieron, condicionados por una ‘literatura anterior’ que moldea nuestra percepción de libertad.

El ‘discurso del Otro’ —el lenguaje, Dios, la moral, las prohibiciones— nos impregna tanto que a menudo creemos ser libres cuando no lo somos. Los mandatos, esas exigencias que provienen inicialmente de padres y educadores, reemplazan el amor por el temor, suspendiendo el deseo y abriendo paso al miedo y la culpa. Si bien algunos mandatos son necesarios para limitar la agresividad, otros se extralimitan, juzgando y restringiendo nuestra vida y nuestro deseo.

La psicóloga compartió su propia experiencia como primera hija, sobre quien recayeron muchas expectativas paternas, incluyendo deseos no realizados. Esta situación generó en ella una carga de culpa constante. Reflexionando sobre esto, Wila subraya la dificultad de cumplir las aspiraciones de los padres. Las preguntas sobre ‘qué quieren de mí’ y ‘cómo me quieren’ nos asaltan, generando ansiedad y culpa, pues satisfacer el deseo del Otro es, en última instancia, imposible.

La solución no es una rebelión ciega, sino un proceso de cuestionamiento y elaboración: entender qué nos sucede, discernir nuestra responsabilidad de los verdaderos culpables. Esto implica evitar el ‘latigazo permanente’ de los ‘ojos feroces’ que, una vez internalizados, nos acusan desde dentro. Nos convertimos en nuestros propios jueces, buscando el castigo, incluso —y sobre todo— cuando nos sentimos bien, experimentando la ‘culpa por triunfar’ o por acceder a lo que deseamos.

La culpa se manifiesta de formas diversas. Se vuelve un problema severo cuando se traduce en insomnio, en una incapacidad de sonreír ante la felicidad, en deseos inalcanzables por ‘trabas psíquicas’ o en la tendencia a destruir lo logrado. También cuando nos impide decir ‘sí’ o ‘no’, o cuando nos autoimponemos penitencias y aislamiento por vergüenza, pensando que el Otro no nos querrá. Es en estos límites del dolor donde la culpa trasciende lo esperable.

En la maternidad, la culpa acecha tanto a quienes eligen ser madres como a quienes no. La mirada social, arraigada en paradigmas religiosos, condena la no maternidad tildando a la mujer de ‘egoísta’ o ‘fallida’. Para las madres, la presión social impone un amor instintivo desde el primer día, a menudo a costa del propio bienestar. Esto genera una soledad y culpas silenciadas, pues la relación con un hijo es una construcción cultural, no un mero instinto.

Wila compara la culpa con el zumbido del acúfeno: una molestia constante que intentamos disimular. Con la culpa, buscamos algún tipo de castigo para serenarla, para ‘pagar esa deuda’. Esta transacción psíquica es una de las trampas de nuestro psiquismo. La culpa, en su faceta más oscura, opera como un método de presión y manipulación. Citando a Michel Foucault, Wila explica que cuando la culpa se transforma en prisión, se crea un ‘panóptico interno’. Ya no necesitamos la vigilancia externa; somos nuestros propios carceleros, jueces y fiscales, los muros de nuestra propia condena. Es fundamental, entonces, revisar el ‘andamio’ que sostiene este dolor y atreverse a romper las estructuras para construir un camino más cercano al deseo y al placer personal.