El sector de la construcción y las reformas lleva años emitiendo una señal de alarma: la escasez de profesionales cualificados se agudiza a medida que miles de trabajadores se acercan a la jubilación, sin un relevo generacional que garantice la continuidad. La fontanería, un oficio esencial, es uno de los campos más afectados por esta realidad.
Según estimaciones de la Confederación Nacional de la Construcción (CNC), se necesitarán aproximadamente 700.000 nuevos trabajadores en los próximos años solo para atender la demanda de vivienda y rehabilitación. Por su parte, la Fundación Laboral de la Construcción subraya que los oficios especializados siguen siendo un importante cuello de botella en el mercado laboral.
Rubén Ariza conoce esta situación de primera mano. Comenzó a trabajar como plomero a los 16 años y hoy dirige su propia empresa, un camino muy distinto a sus modestos inicios.
Su aprendizaje comenzó junto a su tío, quien realizaba reparaciones para compañías aseguradoras. Siendo apenas un adolescente, ya visitaba domicilios particulares para resolver averías. “Llegaba a las casas y los clientes me preguntaban: ‘¿Y el oficial?’”, recuerda Rubén, reflejando el escepticismo inicial que enfrentaba.
Con el tiempo, fue acumulando experiencia hasta manejar todo tipo de incidencias por su cuenta. Una de ellas, particularmente memorable, lo marcó: “Una clienta me encerró en su casa porque el seguro no cubría la avería. No quería dejarme salir hasta que se la arreglara”, cuenta sobre una situación límite.
Los primeros meses en la profesión fueron precarios: “Cobrabas solo 20 euros a la semana”, explica. Tras pasar por varias empresas del sector, Rubén tomó la audaz decisión de independizarse. No fue fácil: “Empecé con 100 euros en la cuenta”, confiesa.
Gracias a la capitalización del paro, pudo adquirir una furgoneta y empezar a aceptar pequeñas reformas, mientras construía su propia clientela. Poco a poco, los proyectos se hicieron más grandes, lo que llevó a la contratación de empleados. Pero este crecimiento también trajo consigo nuevos desafíos.
Para un autónomo, la mayor preocupación, más allá de encontrar trabajo, es asegurarse de cobrarlo. Rubén recuerda una obra donde una empresa le retuvo una factura de 10.000 euros durante meses, sin que nadie ofreciera explicaciones. Su solución fue drástica: “Paré todas las obras hasta que me pagaron”. También denuncia prácticas como las retenciones indebidas y los largos plazos de pago, afirmando: “Yo no trabajo a 60 días porque no puedo hacerme cargo”.
Como empresario, Ariza reconoce que uno de los mayores gastos no es el salario de un empleado, sino las cotizaciones y los costes asociados a cada contratación. “Un ayudante cobra alrededor de 1.400 euros al mes, pero el coste para la empresa es mucho mayor”, detalla. Por ello, considera fundamental que existan más incentivos para facilitar la creación de empleo.
Esta perspectiva coincide con informes de BBVA Research, que identifican la escasez de trabajadores cualificados como uno de los principales obstáculos para la actividad constructora en España.
Después de años de jornadas extenuantes para levantar su empresa, Rubén ha reevaluado su relación con el trabajo. “Mis hijos siempre me dicen: ‘Papá, deja de trabajar tanto’”, comparte. Reflexiona que si volviera a empezar a los 16 años, seguiría el mismo camino profesional, pero con una diferencia clave: “bajaría un poco el ritmo”, permitiéndose disfrutar más del proceso.
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