El triunfo del partido Alternativa para Alemania (AfD) en las recientes elecciones alemanas marca un hito en el avance global de la extrema derecha. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, una fuerza de este espectro político gobernará una región. Este escenario fue desmenuzado por la profesora e investigadora en historia Daniela Miguel, quien en diálogo con Rivadavia Neuquén, analizó las raíces profundas que alimentan a los sectores conservadores tanto en Europa como en América Latina.
Miguel explicó que, tras el proceso de desnazificación, la derecha y la ultraderecha alemana perdieron influencia y quedaron al margen del sistema democrático. Sin embargo, en los últimos años, lograron reagruparse en un contexto que el ámbito académico denomina «policrisis». La especialista detalló un cúmulo de factores que encendieron el enojo social europeo: desde las secuelas de la crisis financiera de 2008 y la ola de refugiados de 2015, hasta la pandemia, la guerra en Ucrania y el temor a perder soberanía frente a la Unión Europea. A esto se suman las políticas de transición energética, que han provocado masivas revueltas agrarias.
En este clima de inestabilidad, los discursos nacionalistas encontraron eco. La investigadora señaló que «el miedo es la islamización», una preocupación hacia los refugiados de Medio Oriente que difiere del antisemitismo del siglo XX. En un duro paralelismo, Miguel se refirió al conflicto actual en la Franja de Gaza y el accionar de Israel, expresando: «Estamos viendo que se está dando un genocidio de un pueblo hacia otro y no hacemos nada».
Al tender un puente con el panorama político de Argentina y la región, Miguel resaltó una diferencia demográfica significativa. Mientras que en América Latina las ideas conservadoras atraen fuertemente al electorado joven, en Europa el apoyo principal proviene de la población de mayor edad. La docente precisó que en Alemania, los votantes de la AfD son «población adulta, vieja, de zonas rurales». Se trata, en gran medida, de habitantes de la antigua Alemania Oriental, una región que sufrió una severa desindustrialización tras la reunificación de los años noventa y que hoy enfrenta una depresión económica.
La investigadora también abordó las estrategias de «lavado de imagen» de los nuevos líderes, mencionando la estética del actual presidente en Argentina y la figura de Alice Weidel, líder de la AfD. Asimismo, alertó sobre el uso de redes sociales para manipular al electorado mediante el análisis de datos masivos, una táctica que contribuye a la «crisis de representatividad» y al desgaste de las democracias occidentales.
Este descontento generalizado lleva a una apatía hacia el sistema democrático, donde la elección no surge de la convicción ideológica, sino del descarte ante la desigualdad y las fallas institucionales. Esta crisis interna se entrelaza con una agresiva política exterior enfocada en los recursos naturales. Miguel conectó las tensiones de Francia con sus excolonias africanas, como Burkina Faso —cuyo líder, Ibrahim Traoré, rompió lazos con París por el saqueo de minerales—, con la situación en América Latina. Frente al interés extranjero por las reservas de litio de Argentina, Chile y Bolivia, la investigadora concluyó tajante: «Estamos en una etapa neocolonial».
Finalmente, el análisis de Miguel incluyó una breve mención al rol de China en la economía global. Destacó el sistema mixto de este país, subrayando que, pese a su plena inserción en el mercado internacional, el mayor inversor en las empresas chinas sigue siendo el propio Estado, lo que distingue su gestión y planificación a largo plazo de las potencias occidentales.