La sonrisa de su hermana al regresar de cada misión de la Iglesia siempre intrigó a Gabriel Mora. Esa curiosidad lo llevó a acompañarla a Michacheo, un paraje neuquino, donde una experiencia transformadora definió su rumbo. Hoy, el padre Gabriel Mora coordina el equipo misionero argentino en la selva amazónica de Perú, volviendo al origen de su vocación: «Mi sacerdocio nace precisamente en una misión», afirma.
El camino hasta la Amazonía fue largo. Nacido en Chile, Gabriel creció en el barrio Villa Ceferino de Neuquén capital, donde estudió y luego cursó Trabajo Social en la Universidad Nacional del Comahue. Materias como Filosofía ampliaron su perspectiva, pero fue la primera misión en Zapala la que marcó un quiebre. «El visitar las casas, el escuchar a la gente, su fe, su devoción, cómo Dios los sostenía, para mí fue hermoso y ahí sentí ese llamado», relata.
Con la vocación consolidada, Gabriel dejó la universidad para ingresar al Seminario de la diócesis de San Isidro, en Buenos Aires. De vuelta en Neuquén, sus primeros siete años como sacerdote transcurrieron en Las Lajas, para luego pasar por la parroquia San Cayetano en Neuquén y, más tarde, por San Martín de los Andes. En este período, afianzó su estilo de «cura caminante», recorriendo incansablemente barrios y parajes del interior neuquino, como Michacheo, Loncopué y comunidades mapuches Millain Currical. «Siempre me gustó eso de salir a visitar las comunidades, es una misión permanente», explica.
Aquella inquietud de ir «más allá» resurgió con fuerza. Tras años de postergarlo, planteó su deseo al obispo Fernando Croxatto, quien facilitó un proceso de discernimiento. Gabriel ya conocía el proyecto «Iglesia Argentina, la Amazonía es tu misión», impulsado por la Conferencia Episcopal en el vicariato de Puerto Maldonado, Perú. Su anhelo y esta iniciativa se unieron, llevándolo a prepararse para la misión en la selva.
Este año, Gabriel llegó a Kimbiri, a orillas del río Apurímac. Sus primeros tres meses han sido de constante recorrido por las cerca de 57 comunidades de la zona, donde fue «muy bien recibido», especialmente por los niños. En la inmensidad de la selva, concibe la misión como un profundo intercambio de vida. «Vengo con todo lo que viví en el campo y en las comunidades de Neuquén para encontrarme con otra cultura y enriquecerme, para después volver, en algún momento, y llevar conmigo todo lo recibido acá», enfatiza. Su propósito no es imponer, sino descubrir las «semillas del Verbo» presentes en la espiritualidad nativa, reconstruyendo lazos y promoviendo la «cultura del encuentro» mediante la escucha activa.
El proyecto «Iglesia Argentina, la Amazonía es tu misión», respuesta al sínodo del Papa Francisco para visibilizar la realidad de la región (ocho países), implica una presencia argentina permanente en el vicariato de Puerto Maldonado. El obispo Fernando Croxatto destacó que en el VRAEM se busca cubrir una «ausencia religiosa» —no de fe, sino de procesos de madurez—. La misión opera en Kimbiri y Villa Virgen, con equipos de sacerdotes, religiosas, laicos y matrimonios comprometidos por dos años tras discernimiento. Su meta es el «encuentro genuino con comunidades criollas, quechuas y pueblos originarios», con una dinámica sinodal. Croxatto remarcó que no es una «mentalidad colonizadora», sino de encuentro y «protección de los más frágiles».
Finalmente, la Iglesia, a través de Croxatto, reflexionó sobre la fragmentación social y el individualismo en Argentina, proponiendo la sinodalidad como antídoto. Ante el alarmante aumento de suicidios y el deterioro de la salud mental, se aboga por reforzar la prevención y la necesidad de ser escuchados. Respecto a la inteligencia artificial, el padre Gabriel Mora instó a la cautela y responsabilidad, advirtiendo sobre el riesgo de convertir la tecnología en una nueva deidad y resaltando que la persona siempre debe ser el centro.
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