La literatura de Fiódor Dostoyevski, espejo de las complejidades humanas, nos enfrenta a una de las contradicciones más incómodas de la vida moral. En su obra cumbre, Los hermanos Karamázov, resuena una frase que desafía nuestra percepción del altruismo: “Amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente”.
Esta confesión no proviene del protagonista ni del antagonista, sino de un médico inteligente y maduro, quien la enuncia con un dejo de amargura y una pizca de humor. La cita es recuperada en la novela por el starets Zósima, un monje anciano, durante una conversación con una dama de sociedad que, si bien profesa un amor incondicional por la humanidad y sueña con cuidar a los enfermos, admite su incapacidad para soportar la ingratitud de un paciente.
El médico, cuya experiencia evoca Zósima, profundiza en esta paradoja: aunque estaría dispuesto a “subir el calvario por sus semejantes”, se veía incapaz de convivir más de dos días con otra persona en la misma habitación. En apenas veinticuatro horas, confesaba, sentía aversión incluso por las personas más excepcionales. Una le molestaba por prolongar su estancia en la mesa; otra, por sus estornudos constantes. Cuanto más detestaba a un individuo, más ardiente se volvía su amor por el colectivo.
Dostoyevski, a través de la sabiduría del starets, no ve esto como una simple peculiaridad, sino como una forma sutil de autoengaño. El amor por “la humanidad en general” es cómodo, pues no exige sacrificios concretos ni confronta con las imperfecciones del otro. No hay interrupciones, ni ruidos, ni demandas que superen la propia disposición. Zósima lo define como “amor contemplativo”: una aspiración a la gratificación inmediata y al reconocimiento público, dispuesta a dar la vida siempre y cuando el acto sea breve y teatral, culminando en aplausos.
En contraste, el “amor activo” se presenta como un trabajo arduo, que demanda dominio de sí mismo y una verdadera dedicación, casi una ciencia. Es un amor que se construye en la interacción real, con sus desafíos y frustraciones cotidianas, aceptando al otro con sus defectos y particularidades.
La dama del relato, lejos de ser objeto de burla, es tratada con una mezcla de ironía y respeto por Dostoyevski. Cuando confiesa su motivación de amar “por un salario” y su necesidad de elogios, el starets no la condena. Por el contrario, la alienta, reconociendo el valor de su honestidad: “Aunque no alcance la felicidad, recuerde siempre que está en el buen camino”. El conocimiento sincero de las propias limitaciones, sugiere la novela, es un paso más valioso que la pretensión de una virtud sin fisuras.
Esta tensión descrita por el médico ficticio no es una rareza psicológica, sino una trampa accesible a cualquiera. Las causas abstractas –la humanidad, los necesitados, el medio ambiente, la justicia– son entidades silenciosas que no devuelven mal humor ni hacen ruido al comer. Las personas reales, con sus manías y exigencias, sí lo hacen. Dostoyevski plasmó este pasaje en 1880, en el ocaso de su vida, atribuyéndolo a un personaje casi anónimo, como queriendo que la incomodidad de la reflexión no recayera sobre nadie en particular, sino sobre la condición humana misma.