El Destiempo del Escritor: Cuando la Miel Soñada Choca con la Realidad del Oficio

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El Destiempo del Escritor: Cuando la Miel Soñada Choca con la Realidad del Oficio

Todo escritor sueña con el instante en que la última palabra de un libro se convierte en la primera de una ovación. Se anhelan las mieles de la posteridad: los premios, el reconocimiento de la crítica, los contratos millonarios y las giras internacionales. Especialmente tentadora es esta fantasía cuando la idea es un «librito», una obra breve que se concibe como antesala a las grandes novelas, a esos galardones definitivos que prometen la inmortalidad.

Así surgió la idea de un ensayo personal, una joya oculta que se gestó tras una conversación reveladora. Un periodista había ofrecido una interpretación de mis novelas digna de Lacan, dejándome perpleja. Solo después de asimilarla, pensé en escribir sobre ello. Porque los escritores, a diferencia de quienes exponen la verdad cruda, la visten de gala, la adornan para que sus plumas se bamboleen aquí y allá, ofreciendo una perspectiva nueva.

La resistencia es parte del oficio. Los escritores somos expertos en aguantar la insistencia de las ideas. Pero, como un perro que implora entrar en invierno y no desiste hasta torturar con su reclamo, finalmente cedí. Le di paso a ese «librito», con la condición de que fuera pequeño, menos de cien páginas, algo que escribiría en apenas tres meses. Buscaba una satisfacción rápida. Es un secreto a voces que los escritores anhelamos recompensas a corto plazo, quizás por eso nos volcamos en cócteles y presentaciones, buscando algo de ese dulzor fugaz. Sin esos pequeños alivios, escribir puede convertirse en una forma de locura.

La intención era crear un texto que se pudiera devorar «en un viaje en colectivo». Sin embargo, al abrir el nuevo documento, el torrente inicial de ideas —el germen de un prólogo, un itinerario de capítulos, frases sueltas— se mostró desorganizado. La escritura se asemejaba a una carrera que empieza a ralentizarse, como el personaje de Truman que intuye que, detrás de la aparente realidad, hay una pared. Para que el ensayo trascendiera la mera exposición de opiniones, se hacía imprescindible investigar, una tarea que, por supuesto, no se resuelve en tres meses.

Este es el punto crucial: la escritura es morosa, siempre demanda más tiempo del deseado, pero, sobre todo, implica un «destiempo». Sería seductor ser vedette, pero la realidad del escritor es más bien agachar la cabeza y trabajar. Hay que olvidar las mieles inmediatas para escribir durante el tiempo que sea necesario, con la esperanza de que el «librito» encuentre un editor y, al menos seis meses después, llegue a las librerías. Y cuando ese momento finalmente llega, la paradoja es que ya otro proyecto, como un nuevo «perro», exige la puerta abierta. La búsqueda de ese pequeño libro, nunca tan breve como se soñó, continúa.