Escondido durante millones de años en la exuberante vegetación de África Central, el gorila de montaña (Gorilla beringei beringei), una subespecie de gorila oriental, ha protagonizado una historia de supervivencia y resiliencia. Este majestuoso primate, que hoy habita en dos poblaciones diferenciadas en el macizo Virunga –una cadena volcánica entre Ruanda, Uganda y la República Democrática del Congo– y el bosque de Bwindi, al suroeste de Uganda, ha enfrentado innumerables amenazas desde su “descubrimiento” occidental a principios del siglo XX. Sin embargo, los últimos censos ofrecen un rayo de esperanza, registrando un aumento en su número en estado silvestre.
La existencia del gorila de montaña permaneció desconocida para el mundo occidental hasta 1902. Fue en ese año, el 17 de octubre, cuando el oficial del Ejército Colonial alemán Friedrich Robert von Beringe, junto a su equipo, se adentró en los volcanes Virunga. En medio de un viaje con tintes políticos para demostrar la influencia alemana a los belgas, la expedición de von Beringe, que incluía al Dr. Engeland, cinco askaris y porteadores, intentó escalar el monte Sabyinyo, al norte del lago Kivu. A una altitud de 3100 metros, avistaron un grupo de simios negros. El encuentro culminó de forma trágica: von Beringe y sus acompañantes dispararon, abatiendo a dos ejemplares. Uno de ellos fue capturado y enviado al Zoo de Berlín para su identificación, revelando así una subespecie hasta entonces ignorada por la ciencia occidental.
Desde aquel violento primer encuentro, la vida de los gorilas de montaña ha estado marcada por constantes agresiones. Durante gran parte del siglo XX, muchos ejemplares fueron cazados y vendidos como trofeos por científicos y cazadores europeos y norteamericanos. A esta persecución directa se sumó el lucrativo tráfico de crías vivas. Además, las trampas colocadas por cazadores furtivos para otras especies, como antílopes o cerdos de monte, a menudo herían o mataban accidentalmente a los gorilas.
La destrucción de su hábitat natural representó otra de las mayores amenazas. La tala indiscriminada y la conversión de vastas extensiones de tierra para la agricultura redujeron drásticamente sus dominios. Un ejemplo es la decisión de los belgas en Ruanda en 1958, quienes cedieron más de 70 kilómetros cuadrados de hábitat de gorilas a agricultores. Una década después, en 1968, otro 40% de las tierras restantes fueron destinadas a un programa agrícola auspiciado por Europa. Actualmente, el hábitat de estos primates se restringe a unas 792 kilómetros cuadrados de áreas protegidas, una situación crítica dada su dieta herbívora, que depende directamente de la disponibilidad de hojas, tallos y brotes de su entorno.
Las guerras civiles que asolaron África Central también dejaron su huella. Tras el genocidio ruandés de 1994 y los años de conflicto en la República Democrática del Congo, las zonas adyacentes a los parques de gorilas de montaña se transformaron en campos de batalla y refugio para milicias y desplazados, según el Programa Internacional para la Conservación de los Gorilas (IGCP). En este contexto de inestabilidad, más de un centenar de guardabosques han perdido la vida protegiendo estos santuarios naturales.
A pesar de este sombrío historial, un cambio significativo comenzó a gestarse. En 2008, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) estimaba una población de apenas 680 gorilas de montaña, clasificándolos en “peligro crítico de extinción”. Sin embargo, los incansables esfuerzos de conservación dieron frutos. Para 2018, la población había aumentado a 1075 ejemplares. Este logro permitió a la UICN reevaluar su estado, retrocediendo un escalón en la lista roja: de “peligro crítico” a simplemente “en peligro de extinción”.
La recuperación, aunque parcial, es una señal esperanzadora. Los trabajos de conservación, la dedicación de las asociaciones involucradas y el compromiso de los guardabosques han sido determinantes para mantener viva a una de las especies de primates más singulares del planeta, demostrando que con voluntad y esfuerzo, la vida salvaje puede resurgir incluso frente a las mayores adversidades.