El portero que España ya no busca: un sueño de guantes, una realidad de pies

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El portero que España ya no busca: un sueño de guantes, una realidad de pies

A mis setenta años, aún conservo aquel anhelo infantil: ser el arquero de España en la final de un campeonato del Mundo. Cada jueves, al saltar al césped para los partidos informales, la idea de lograrlo todavía me ronda. Sin embargo, jamás imaginé que, de alcanzar esa quimérica meta, mi destreza con los pies superaría con creces la habilidad de mis manos.

Que la selección española llegue a un partido decisivo de un Mundial habiendo recibido apenas un gol en contra ya es una hazaña notable. Pero que lo consiga sin apenas intervenciones determinantes de su guardameta añade una excentricidad sorprendente a la ecuación. En lo que va de competición, España podría haber alineado a un defensor central como Cubarsí en la portería, y la única diferencia perceptible sería la ausencia de la camiseta distintiva del arquero, el único jugador con libertad para elegir su color.

Si hubiera sabido esto de antemano, mi imaginación de niño habría tomado otro rumbo.

La épica del arquero que se estira al máximo para rozar el balón en la base del poste y desviarlo de su destino ya no es la aspiración principal para quienes, en España, nos dedicamos a esa posición. La misión que se nos encomienda hoy para integrar la selección nacional ha cambiado radicalmente. Ahora, el objetivo es retener la pelota, pisarla una y otra vez, desesperar a todo el país con la espera, aguardar el acoso de los delanteros rivales, arriesgar un pase a un defensor que, sin saber qué hacer, te devolverá el balón. Luego, quizás, golpearlo con la zurda, siendo diestro porque el pase no fue preciso, para finalmente ubicarlo en los pies de un compañero en campo contrario.

Y en esa nueva definición, confieso que ya no me reconozco tanto.

Una atajada legendaria, como la del ‘Dibu’ Martínez en la final de Qatar, siempre ilustrará las portadas de los periódicos al día siguiente. Pero, ¿quién destacaría hoy a toda plana el golpeo de Unai Simón desde el área chica como ejemplo de heroísmo futbolístico extremo?

Con todo esto, anuncio mi decisión: he renunciado a mi sueño recurrente de calzarme algún día los botines y guantes del portero español. Mi nuevo anhelo es convertirme en el seleccionador nacional, el artífice de un trabajo colectivo que insiste en el pase constante, una y otra vez la pelota, hasta que surja esa chispa capaz de transformar el roce continuo en un gol fulgurante. Esta abdicación tiene la ventaja de que, para ser seleccionador, aún me quedan más años de margen.

Como aficionado, la táctica de Luis de la Fuente no me parece desacertada, al contrario. He visto cómo versiones previas de este mismo planteamiento lo aplicaron con gran éxito el Milan de Arrigo Sacchi, el Barcelona de Johan Cruyff y, con mayor refinamiento, el de Pep Guardiola, quien luego lo llevó al Bayern y al City. Este sistema de ‘tiquitaca’ permitió a la España de Vicente del Bosque ganar el Mundial de 2010, entonces con solo dos goles en contra (jugando un partido menos que ahora), y también las Eurocopas de 2008 y 2012. Si tu equipo logra ejecutar este juego persistente de pases cortos, disfrutas de la paciencia en el toque y la posesión durante todo el partido. Sin embargo, la desesperación te invade si eres seguidor del Real Madrid, como yo, y observas cómo tu técnico no encuentra antídoto para semejante desafío. Por tanto, mi intención aquí no es criticar esta táctica como hincha, sino como el guardameta al que le han arrebatado su sueño.

O como el “portero”, “arquero”, “guardavalla”, “cancerbero”, “meta”, “golero”, “guardapalos” o “cuidapalos”. Qué lengua tan rica y fructífera, tanto aquí como allá, y también acullá.

En cualquier caso, y sin importar el vencedor, me quedo con el mejor pensamiento posible en estos momentos previos a la gran final de Nueva York entre dos naciones hermanas: en el país del ICE, esa policía que hostiga a los inmigrantes, el equipo que alce el trofeo de manos del hispanófobo Donald Trump celebrará su victoria cantando en castellano.

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