El Videoarbitraje (VAR), implementado para aportar justicia y transparencia al fútbol, se ha convertido, paradójicamente, en el epicentro de una creciente controversia que, según diversas voces, «ensucia las definiciones de los torneos y clasificaciones» en el ámbito local. La polémica resurge con fuerza a raíz de las recientes declaraciones de presidentes de clubes de Primera División, quienes abiertamente cuestionan su funcionamiento y propósitos.
Stefano Di Carlo, presidente de River Plate, ha vuelto a manifestar sus dudas sobre la claridad de las decisiones arbitrales, especialmente en la comunicación entre la sala VAR, ubicada en Ezeiza, y los jueces en el campo de juego. Pocos momentos después, Sebastián Verón, de Estudiantes de La Plata, se sumó a las críticas, señalando que el VAR «sirve para manipular» momentos clave de los partidos. Ambos dirigentes, actuando como un tándem, representan a los dos clubes que hoy desafían de manera más frontal a la conducción de Claudio Tapia.
Las preocupaciones expresadas por estos presidentes no son aisladas, sino que se nutren de numerosos comentarios extraoficiales que circulan en el ambiente futbolístico. Estos «corrillos» sugieren «interferencias» que los árbitros en Ezeiza supuestamente reciben antes y durante los encuentros, y las consecuentes repercusiones —ya sean suspensiones, designaciones desfavorables o, por el contrario, ascensos en sus carreras— tras «equivocarse» en beneficio o perjuicio de un equipo. El sistema, en lugar de ser una mera asistencia al juez principal, parece operar a veces como una cadena de instrucciones.
Las sospechas de manipulación se ven acrecentadas por la inconsistencia en los tiempos de revisión: mientras algunas jugadas son analizadas con excesiva demora, otras, igualmente polémicas, son despachadas con rapidez o, directamente, ignoradas. Esta disparidad en el criterio de revisión genera interrogantes sobre quiénes acceden o transitan por la cabina del VAR y si existen comunicaciones o mensajes externos durante el juego. Incluso Federico Beligoy, director de Arbitraje, reconoció en su momento que él mismo realizaba llamadas telefónicas a los árbitros durante los partidos, algo que considera apropiado.
A pesar de la denuncia generalizada que encuentra eco en gran parte del mundo del fútbol, Di Carlo tuvo la cautela de admitir que, en el superclásico objeto de protestas, «River no pateó al arco». Por su parte, la propuesta de Verón de trasladar las cabinas del VAR de Ezeiza a cada estadio ha generado debate. Esta idea es vista por algunos como una «patoteada» más que una solución efectiva, ya que implicaría que los árbitros trabajen bajo la amenaza del público local, expuestos al hostigamiento o amedrentamiento, situación similar a la vivida recientemente por Hernán Mastrángelo en el estadio de Estudiantes.