Un estudio reciente en la bahía de Sequim, Washington, ha ofrecido una mirada de 109 días sobre la interacción de la vida marina con una turbina diseñada para generar energía a partir de las corrientes oceánicas. Los hallazgos sugieren un nivel de convivencia que desafía las expectativas iniciales sobre el impacto de estas estructuras.
Los investigadores desplegaron un sofisticado sistema de monitoreo automatizado que operó de forma continua, día y noche, durante todo el período de estudio. Este incluía cámaras ópticas, sensores acústicos y un software de aprendizaje automático que se activaba al detectar fauna en el área. Posteriormente, se realizó una revisión manual de las imágenes para distinguir entre animales y objetos arrastrados por la corriente, como algas.
De los 1.044 registros de fauna marina analizados, la mayoría reveló una interacción sin incidentes con la turbina. La estructura empleada era una unidad pequeña de eje vertical y flujo cruzado, equipada con cuatro palas. Estaba anclada al fondo marino de la costa de Washington, y su rotor medía 3,9 pies de alto por 2,8 de ancho, abarcando un área de 10,8 pies cuadrados. Cabe señalar que las condiciones del agua, en ocasiones, dificultaron la observación de ejemplares de menor tamaño.
El seguimiento detallado permitió identificar 406 avistamientos de aves buceadoras, entre ellas cormoranes de doble cresta y araos de pico de loro. Estas aves eran vistas exclusivamente durante el día y, con frecuencia, utilizaban la estructura de la turbina como un arrecife artificial cuando las corrientes disminuían y las palas se detenían. Las focas comunes, por su parte, se registraron en 92 ocasiones, tanto de día como de noche, sin que ninguna de ellas mostrara signos de impacto.
En cuanto a los peces, se registraron 224 observaciones de individuos y cinco grupos. A pesar de la notable actividad, solo cuatro peces llegaron a contactar con las palas giratorias. Tres de estos fueron vistos alejándose después del impacto sin heridas aparentes, mientras que el cuarto permaneció inmóvil y luego desapareció de la vista al hundirse. Es relevante destacar que los peces demostraron una notable capacidad para maniobrar, atravesando o esquivando la zona del rotor en más de cincuenta ocasiones por cada impacto registrado, e incluso modificaban sus trayectorias para evitar las secciones en movimiento de la turbina.
Aunque estos resultados proporcionan valiosa información sobre el comportamiento de peces, focas y aves buceadoras en las cercanías de una turbina mareomotriz, los investigadores recalcan la importancia de no extrapolar directamente estas conclusiones a otras instalaciones. Las bajas velocidades relativas de las palas de esta unidad, por ejemplo, podrían haber minimizado la energía transferida en caso de impacto. Asimismo, el estudio enfrentó limitaciones como la turbidez del agua y la presencia de algas flotantes, que dificultaron la identificación de animales de menor tamaño. Por ello, los autores evitan establecer una probabilidad general de colisión o asegurar que todos los sistemas de energía mareomotriz sean intrínsecamente seguros, dado que la unidad observada era de tamaño reducido y las instalaciones comerciales pueden variar significativamente en dimensiones y diseño.
En definitiva, este trabajo sienta un precedente para comprender las interacciones entre la fauna marina y este tipo de infraestructura en condiciones específicas. Sugiere, además, que futuras evaluaciones deberán considerar las particularidades de cada sitio y emplear una combinación de métodos de observación para obtener una visión más completa.