En el corazón de Nueva Jersey, en el Hilton Hills, se revivió un rito que para la Selección Argentina tiene tanto valor como cualquier estrategia de campo. El último asado de este Mundial, el primero celebrado en tierras neoyorquinas, reunió al plantel en la víspera de la gran final. Fue el banquete sagrado del «día -2», un encuentro que trascendió la comida para convertirse en el epicentro de la unión del equipo.
Diego Iacobelli, con la pericia de quien entiende que su labor va más allá de cocinar, comandó las parrillas, que fueron conseguidas específicamente para la ocasión. Con paciencia y precisión, controló las brasas, moviendo el fuego hasta alcanzar el punto ideal. A su lado, Antonia Farías, la cocinera que mejor interpreta los gustos del grupo, preparó con esmero cada acompañamiento. La premisa era clara: cuando un ritual funciona, no se altera.
El inconfundible aroma del asado no tardó en extenderse. Lautaro Martínez se acercó a la parrilla con una sonrisa, siendo el encargado de poner la música que da inicio a la celebración. Lionel Scaloni también se sumó a la degustación, pasando por la «prueba de calidad» que confirma el éxito del parrillero.
Emiliano Martínez, fiel a su costumbre, disfrutó del momento con cuchillo y tenedor, saboreando un corte perfecto. Después, con un gesto ya clásico, ofreció un pedazo a Giuliano Simeone. El delantero, al probarlo, reaccionó con una señal inequívoca, la misma que se usa para celebrar un gol, reflejando el deleite compartido.
Más allá de ser una simple comida, el asado se consolida como un punto de encuentro, un espacio de refugio donde la presión de las cámaras y la cuenta regresiva hacia la final se disuelven. Alrededor del fuego, los campeones del mundo vuelven a ser, por un mediodía, un grupo de amigos que comparten un momento como si estuvieran en cualquier rincón de su país.
Este asado no fue uno más; fue el cierre de una secuencia en este Mundial. La última vez que las brasas se encendieron para congregar a un plantel que ha hecho de esta ceremonia una insignia de su era. Luego, aguarda la final, el partido que podría añadir otra página a su historia. Pero antes, como tantas veces en estos años de gloria, se cumplió con el ritual. Porque para esta Selección, las finales también comienzan junto al fuego.