En el otoño de 1953, el influyente filósofo Martin Heidegger se presentó ante la Academia Bávara de Bellas Artes. Su conferencia, titulada La pregunta por la técnica, buscaba arrojar luz sobre el papel de las artes en un mundo cada vez más tecnificado.
Heidegger sorprendió a su auditorio al desviar el foco de las bellas artes para profundizar en la esencia misma de la técnica. Según la etimología griega, la «techné» abarcaba toda creación humana, desde el arte hasta la habilidad manual. Así, arte y técnica son, para el filósofo, dos caras de una misma actividad “poética”: ambas consisten en “traer-ahí-delante”, en hacer presente, en materializar algo que antes no existía. Un arquitecto o un ingeniero, al construir, “hace salir de lo oculto”.
Aunque la idea común de la técnica como un mero medio o un hacer del hombre no es errónea, Heidegger afirmaba que su verdadera naturaleza es más profunda. No es solo una herramienta, sino un “modo del salir de lo oculto”, una revelación de algo que no se crea por sí mismo. Esta concepción dota al acto técnico de una dignidad casi mística, un “desvelamiento” que incluso evoca la presencia divina y eleva al ser humano a la altura de la Naturaleza, que también “tiene en sí misma la eclosión de las flores”.
Sin embargo, el peligro reside en que hemos olvidado esta esencia a favor de una obsesión instrumental. “Lo que queremos”, explicó Heidegger, “es tener la técnica en nuestras manos. Queremos dominarla”. Esta urgencia por el dominio crece a medida que la tecnología parece escapar a nuestro control. Cuanto más amenazados nos sentimos por ella, mayor es nuestro afán de subyugarla.
Como resultado, la «técnica artesanal» ha evolucionado hacia una «técnica moderna» que, si bien sigue siendo un “hacer salir de lo oculto”, ha perdido su talante poético y su relación cooperativa con el entorno natural. El auge tecnológico se ha transformado en una “provocación que pone ante la Naturaleza la exigencia de suministrar energía que pueda ser extraída y almacenada”.
Para Heidegger, la Revolución Industrial marcó un quiebre. El ser humano rompió su vínculo sano con el entorno, transformándolo en un objeto de explotación. El campo, que antes era «abrigar y cuidar» por parte del labrador, se ha convertido en «industria mecanizada de la alimentación». Se fuerza al aire a dar nitrógeno, al suelo a dar minerales, al mineral a dar uranio, y a este a dar energía atómica, que puede ser usada para la destrucción.
Al perder la relación poética entre técnica y naturaleza, el hombre se pone en peligro a sí mismo. Considerar su capacidad creadora meramente instrumental, en lugar de un acto que “hace que mire e ingrese en la suprema dignidad de su esencia”, lo lleva a «pavonearse tomando la figura del señor de la tierra», sin percibir el riesgo inherente a esta actitud.
El filósofo insistía en que la técnica en sí misma no es peligrosa ni demoníaca. “Lo que amenaza al hombre no viene en primer lugar de los efectos posiblemente mortales de las máquinas y los aparatos de la técnica”. La verdadera amenaza reside en la esencia del hombre, en su voluntad de dominio técnico sobre el planeta, lo que lo ha convertido en su propio adversario.
¿Es entonces necesario regresar a un primitivismo? No, respondía Heidegger, citando a Hölderlin: “donde está el peligro, crece también lo que salva”. La energía atómica, que puede destruir, también puede ser destinada a una “utilización pacífica”.
La salvación no reside en una tecnología más avanzada, sino en una profunda revisión de nuestra relación con ella. Es crucial redescubrir su esencia poética y dejar de verla como un simple instrumento a dominar. Mientras la concibamos así, seguiremos atrapados en la misma estructura que nos amenaza. Pensar la técnica como un modo de “desocultamiento”, un paso más allá de la verdad, y no solo como una herramienta de control, abre la puerta a una relación más libre.
En una época definida por la inteligencia artificial, la automatización y la explotación sistemática de la naturaleza, la reflexión de Martin Heidegger sigue siendo un llamado incómodo y apremiante. Nos invita a cuestionar no el siguiente avance técnico, sino el tipo de seres humanos que estamos forjando al pervertir nuestro destino creativo. Nos exige considerar si seremos capaces de honrar nuestra verdadera vocación: habitar este mundo, como escribió Hölderlin, poéticamente.
Manu Collado