Rosa Vallejo, conocida cariñosamente como la “abuela de España”, ha capturado el corazón de once millones de seguidores en redes sociales. Junto a su nieto Christian, bajo el nombre de usuario “Con buen humor”, comparte momentos que destilan una vitalidad contagiosa, demostrando que la felicidad puede florecer en cualquier etapa de la vida, incluso después de un camino marcado por profundas adversidades.
Su historia es un reflejo de resiliencia. Originaria de Higuera de Calatrava, un pueblo en la provincia de Jaén, Rosa conoció la orfandad muy temprano. «Mi madre murió cuando yo era muy pequeña, y mi padre falleció de pena dos años después y con seis hijos a su cargo», relata. A los doce años, la necesidad la llevó a buscar trabajo en Catalunya «por un plato de comida», un viaje que casi termina con una detención por parte de las autoridades al llegar a la estación.
En Barcelona, Rosa comenzó limpiando en casa de una señora durante tres años, para luego cambiar a un hogar donde un matrimonio se dedicaba a platear copas. Rememora con una sonrisa el día en que, tras ayudar a pulir, los clientes le enviaron «una propina de 100 pesetas», una suma considerable para la época. Más tarde, ya casada, dedicó veinticinco años de su vida a la limpieza nocturna en un hospital, una profesión que mantuvo hasta su jubilación. «Por mi tamaño, me apodaban la pequeña, y me preguntaban si no me daba miedo presenciar las operaciones en el quirófano. Yo les decía que estaba acostumbrada a ver los órganos de los cerdos en las matanzas, que somos casi iguales por dentro. Y se reían», cuenta.
La vida familiar también le presentó desafíos. Tuvo cinco hijos: dos varones y tres mujeres. Sin embargo, la tragedia la golpeó nuevamente con la pérdida de su marido a causa de leucemia, y seis años después, la de su hija, madre de Christian, debido a un cáncer de pecho.
Es precisamente con su nieto Christian, el primero de sus diez nietos, con quien forjó una conexión inquebrantable. «De pequeñito era ella quien me llevaba y me recogía de la guardería; yo lloraba porque solo quería estar con ella», recuerda Christian. Esa complicidad de antaño se transformó en un fenómeno viral cuando Christian, casi por casualidad, comenzó a incluirla en sus vídeos. Rosa, con su carisma natural, se convirtió instantáneamente en la estrella. «Ella es la auténtica estrella, no yo. Todo el mundo me escribía ‘qué guapa, qué adorable, qué simpática’», explica él. Rosa no duda en «apuntarse a un bombardeo», demostrando una espontaneidad innata que, según ella, la hubiera llevado a ser actriz, inspirada en Lina Morgan.
Hoy, a sus más de ochenta años, Rosa abraza esta inesperada popularidad. «Después de pasar tantas calamidades, perder a tantos seres queridos y trabajar como una mula toda la vida, esta es la mejor época de todas», afirma. Lejos de un retiro sedentario, el éxito en redes la mantiene activa. «A mí me gusta salir, hablar con los jóvenes e ir a cenar fuera, no estar todo el día en el sofá viendo la tele. Yo no voy con los viejos a jugar a las cartas ni a la petanca», sentencia, orgullosa de su vitalidad. Recientemente, ha disfrutado de un spa, el rodaje para una marca de motos, y hasta cumplió el sueño de viajar a Japón, su primera vez fuera de Europa, una aventura de la que su nieto recuerda un susto por anemia, pero que superó con una transfusión, silla de ruedas y su habitual buen ánimo.
«No me esperaba una jubilación así de divertida ni que me pasase todo esto con las redes, pero bienvenida sea toda esta alegría; es muy bonito todo lo que hago con mi nieto, para mí ha sido un regalo», confiesa Rosa. Se considera afortunada, «mi caballo ha tenido potra», y sigue disfrutando de sus pasiones: ver películas de acción, pasear, descubrir nuevos restaurantes y probar todo tipo de platos, además de tomar sus «claritas» (ahora sin alcohol por prescripción médica). Christian la elogia como cocinera, destacando sus croquetas de sopa de cocido, tortilla de patata y calamares rellenos.
Las sorpresas no terminan para Rosa. Ha montado a caballo, conducido un kart, visitado festivales de flores, jugado a los bolos y volado en helicóptero. «Siempre soy la más veterana de las aventuras en las que me meto, pero tengo más energía que mucha gente joven», asegura. Christian ya planea las próximas: un viaje en globo o una emocionante experiencia en motos de agua, demostrando que la curiosidad y la diversión no tienen edad.
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
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