Dos meses antes de ser fusilado, Federico García Lorca concedió una entrevista a su amigo Luis Bagaría, publicada el 10 de junio de 1936 en el diario madrileño El Sol. En aquella conversación, el poeta granadino legó una de las reflexiones más lúcidas sobre la compleja relación entre el amor a la tierra natal y la fraternidad universal.
La pregunta de Bagaría fue directa y desafiante: «¿No cree, Federico, que la patria no es nada, que las fronteras están llamadas a desaparecer? ¿Por qué un español malo tiene que ser más hermano nuestro que un chino bueno?»
Lorca respondió sin rodeos. «Yo soy español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos», afirmó. Sin embargo, añadió de inmediato que sentía repulsa por quien se decía español «por ser español nada más».
Esta distinción es fundamental: Lorca separó el afecto genuino por el lugar de origen de un nacionalismo abstracto que, en sus palabras, operaba «con una venda en los ojos». Para el poeta, este patriotismo ciego no representaba una virtud, sino una limitación profunda.
En esa misma respuesta, sostuvo con firmeza: «El chino bueno está más cerca de mí que el español malo». Una frase que condensa su postura, afirmando que la ética personal prevalece sobre la pertenencia geográfica como criterio de hermandad.
El diálogo con Bagaría se convertiría en la última entrevista pública de García Lorca. Semanas después del golpe de Estado que desató la Guerra Civil Española, el poeta fue asesinado el 18 de agosto de 1936 en Víznar, Granada. Sus restos nunca fueron hallados.
En aquella conversación, titulada Diálogo con García Lorca, el poeta también pronunció una frase que hoy resuena con particular intensidad: «Como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir». La entrevista abarcó una diversidad de temas que iban desde la metafísica al flamenco, pasando por la política y los toros, en un intercambio profundo entre dos amigos.
Lorca también fue explícito sobre el papel del artista en la sociedad. «En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo», afirmó. Para él, el «arte por el arte» era «una cosa que sería cruel si no fuera, afortunadamente, cursi».
Respecto a la identidad de Granada, su ciudad natal, el poeta dejó una crítica sin concesiones. «Se perdieron una civilización admirable, una poesía, una astronomía, una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo para dar paso a una ciudad pobre, acobardada», declaró, refiriéndose a la pérdida de la civilización árabe tras la Reconquista.
La frase sobre el patriotismo y la hermandad universal no fue un eslogan, sino que surgió en el marco de un intercambio íntimo y casi filosófico entre dos hombres que se conocían bien y hablaban con franqueza. Ello, en parte, le otorga su peso y resonancia.
Federico García Lorca murió a los 38 años, dejando una obra imperecedera que incluye el Romancero gitano (1928), Poeta en Nueva York (1942), Bodas de sangre (1932), Yerma (1934) y La casa de Bernarda Alba (1936). A través de sus páginas, su voz jamás desapareció del todo.