Los expertos en psicología coinciden: los jubilados de 70 años que se niegan a gastar sus ahorros no son tacaños; después de cincuenta años de ahorrar como virtud, gastar no se percibe como disfrutar del dinero, sino como cortar la rama en la que están sentados

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Los expertos en psicología coinciden: los jubilados de 70 años que se niegan a gastar sus ahorros no son tacaños; después de cincuenta años de ahorrar como virtud, gastar no se percibe como disfrutar del dinero, sino como cortar la rama en la que están sentados

Durante buena parte de la vida adulta, el mensaje financiero parece sencillo: gastar menos, ahorrar más y acumular suficiente dinero para la jubilación.

Después ocurre un fenómeno extraño. La persona se jubila y en muchos casos la recomendación se invierte. El dinero fue reunido precisamente para utilizarlo, pero empezar a gastarlo puede producir una sensación mucho más incómoda de lo previsto.

Los investigadores llevan años estudiando el llamado enigma de la desacumulación, que describe la tendencia de numerosos jubilados a consumir su patrimonio mucho más lentamente de lo que predicen los modelos tradicionales.

Los economistas Charles Yuji Horioka, de la Universidad de Kobe y Luigi Ventura, de la Universidad La Sapienza de Roma, analizaron en un estudio el comportamiento de ahorro y acumulación de riqueza de personas jubiladas en distintos países europeos.

Entre sus conclusiones, encontraron que menos de la mitad estaba reduciendo realmente su riqueza. En conjunto, el patrimonio de los jubilados analizados incluso había aumentado durante el período estudiado. Es decir: después de pasar décadas ahorrando “para la jubilación”, muchas personas continúan ahorrando cuando ya están jubiladas.

El saldo bancario también puede convertirse en seguridad emocional

Las razones del ahorro no son exclusivamente psicológicas. Los investigadores encontraron factores como el deseo de dejar una herencia, el temor a gastos médicos o de dependencia futuros, la incertidumbre sobre cuánto tiempo se vivirá y la resistencia a vender la vivienda.

Pero existe además un cambio conductual difícil de ignorar. Durante 40 o 50 años, aumentar los ahorros fue una señal de que se estaba haciendo «lo correcto». Ver crecer una cuenta significaba prudencia. Gastar demasiado representaba peligro. Cuando llega la jubilación, esas asociaciones no desaparecen porque una hoja de cálculo indique que ya es seguro gastar.

Un jubilado puede disponer de dinero suficiente para viajar, reformar la casa o darse determinados gustos y, aun así, experimentar cada retiro de fondos como una reducción de su protección futura.

Una metáfora que captura bien esa sensación es la de “cortar la rama en la que está sentado”. El patrimonio deja de representar solamente consumo aplazado. También simboliza independencia: dinero para no depender de los hijos, afrontar una enfermedad o soportar una crisis inesperada.

Por eso, dos personas con el mismo ahorro pueden vivirlo de manera completamente distinta. Una puede verlo como recursos acumulados para disfrutar. La otra puede percibirlo como el último muro que la separa de la vulnerabilidad.

Esto no significa que todo jubilado que evita gastar tenga una relación irracional con el dinero. Las preocupaciones pueden ser perfectamente realistas, en especial cuando los costos sanitarios o de cuidados futuros son inciertos.

En definitiva, la jubilación exige una inversión psicológica bastante radical: convertir en virtud una conducta que durante medio siglo había sido exactamente aquello que debía limitarse. El desafío no siempre consiste en aprender a ahorrar.

Para algunas personas llega mucho más tarde: aprender que utilizar parte del dinero acumulado no significa estar destruyendo su seguridad, sino cumplir finalmente el propósito para el que fue ahorrado.