La icónica historia de la familia Ingalls regresa con una nueva interpretación. Bajo el título «La casa de la pradera», esta serie, que se estrena este jueves en Netflix, ofrece una visión más contemporánea de las vivencias de Charles, Caroline y sus hijas, muy distinta de la entrañable ficción televisiva de los años ’70 y ’80.
En esta renovada aventura, Charles Ingalls (interpretado por Luke Bracey) lee para sí mismo «Rich Valley, free land» (tierra libre) mientras se dirige con su familia a Kansas, buscando establecerse en Independence. Lo acompaña su esposa Caroline (Crosby Fitzgerald) y sus hijas Mary (Skywalker Hughes) y Laura (Alice Halsey). La imagen inicial, con una familia «demasiado bien vestida» para colonos que han emprendido un arduo viaje desde Wisconsin, ya marca una de las muchas diferencias visuales y de tono.
Los detalles de los personajes también se modernizan. Charles, aunque sigue siendo el soporte emocional y moral de su familia, no fuma pipa y su aspecto es más pulcro, alejado de la imagen de un trabajador «golondrina». Laura, a cargo de Alice Halsey, no presenta los «dientes de conejo» de la original Melissa Gilbert, mientras que Mary, en la piel de Skywalker Hughes, difiere de la «mirada prístina» de Melissa Sue Anderson. Caroline, interpretada por Crosby Fitzgerald, es pelirroja y su semblante, marcado por la preocupación por el futuro y la subsistencia, contrasta con la «tranquilidad» que transmitía Karen Grassle en la serie de 1974.
Sin embargo, estos nuevos Ingalls poseen sus propias identidades y complejidades. Laura es más seria, pero conserva la picardía que la caracterizó, y Mary se muestra menos angelical. La serie no tarda en desplegar la crudeza del viaje: al cruzar un río, los caballos de la carreta sufren un percance. Es Caroline quien, en un giro respecto a la versión original, toma las riendas y se ensangrienta las manos, mientras la carreta se ladea. Estos Ingalls, más acordes con el drama y el ritmo del siglo XXI, enfrentan la adversidad con una unión que los hará prevalecer, aunque con una tensión que la serie original rara vez exploraba.
La nueva producción de ocho episodios se permite escenas impensadas para la ficción previa. La familia Ingalls de 2026, aunque con fe en el futuro, se enfrenta a una realidad más tangible. Se revela por qué decidieron dejar Wisconsin, un aspecto que la serie de los setenta no profundizaba. Tras un momento de peligro, se ve a Caroline vomitar detrás de un árbol, una escena que subraya la vulnerabilidad humana y es un notorio contraste con el «puritanismo» de la serie de Michael Landon. La presencia de sangre en cada episodio y los besos entre Charles y Caroline también marcan una distancia con las formas de la ficción original, adaptando los relatos de Laura Ingalls Wilder a los códigos emocionales y físicos actuales.
Una de las transformaciones más significativas se observa en la representación social. Al llegar a Independence, Charles pregunta por la oficina de tierras y es el doctor George Tann (Jocko Sims), un hombre negro, quien le responde. Este hecho representa un cambio profundo, ya que en la ficción madre era «impensado» ver a un doctor afroamericano atendiendo a pacientes blancos en esa época post-Guerra de Secesión, donde los afroamericanos ocupaban «lugares muy subalternos».
Además, la serie aborda la convivencia con la nación indígena Osage de una manera renovada. Los Osage no habitan en chozas, sino en casas similares a las de los colonos, visten a la usanza occidental y dominan el inglés con fluidez en sus interacciones con los blancos, aunque mantienen su lengua entre ellos. Un vecino Osage le expresa a Charles: «No tiene sentido ser enemigo de quienes tomarán la tierra de todos modos. Prefiero ser parte del futuro de este país». Esta visión de los pueblos originarios del norte de América se distancia de la «negación o invisibilización» de la historia original, ofreciendo una perspectiva que «refleja la época en la que fue hecha». Así, «La casa de la pradera» logra avanzar, mostrando a estos pioneros con una mirada del siglo XXI, triunfando lejos de la imitación.
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