El Hywind Scotland Pilot Park, situado en el Mar del Norte frente a Peterhead, alberga cinco turbinas eólicas flotantes. Estas estructuras, únicas en su tipo, se asientan sobre aguas de entre 100 y 130 metros de profundidad. A diferencia de los parques eólicos tradicionales, sus bases no están fijadas al lecho marino; en su lugar, cada turbina gigante se ancla con cadenas y tres anclas de succión, con una porción de unos 80 metros de la estructura sumergida.
Esta compleja infraestructura de acero, diseñada para generar energía, ha dado lugar a un fenómeno imprevisto: se ha convertido en un nuevo sustrato para el desarrollo de vida marina. Lo que ingenieros construyeron para el viento, la naturaleza lo transformó en hogar.
En junio de 2020, una inspección estructural rutinaria se convirtió en una ventana a este mundo submarino. Investigadores desplegaron un robot submarino de trabajo (WROV) equipado con cámara de alta definición, iluminación y láseres de medición. El vehículo exploró meticulosamente las turbinas, sus líneas de amarre, anclas de succión y cables submarinos, analizando un total de 41 estructuras y sus componentes asociados.
Al revisar las grabaciones, los científicos quedaron sorprendidos. Identificaron organismos pertenecientes a 11 grandes grupos taxonómicos y contabilizaron 121 taxones diferentes. Además de esta diversidad, estimaron la presencia de casi 16.000 animales móviles que pululaban por los componentes.
Lo más notable no fue solo la cantidad de especies, sino cómo se distribuían. Las partes inferiores e intermedias de las turbinas, entre aproximadamente 80 y 20 metros de profundidad, estaban dominadas por anémonas plumosas y gusanos tubícolas. Más cerca de la superficie, en las zonas menos profundas, se observaron algas pardas, kelp y mejillones azules.
Entre la fauna móvil, las estrellas de mar y pequeños erizos abundaban de forma notable. También se registraron cangrejos, langostas, diversos crustáceos, peces planos, eglefinos, marucas, calamares, pulpos y rayas, conformando una comunidad activa en torno a las estructuras.
Sin embargo, un descubrimiento capturó una atención especial: en uno de los cables que conectan las turbinas, los investigadores identificaron tres posibles colonias jóvenes del coral de aguas profundas Desmophyllum pertusum. Una de ellas, vista a unos 73,5 metros, medía aproximadamente 20 centímetros de diámetro. La identificación se mantuvo como «probable» dado que el estudio se basó exclusivamente en imágenes, sin la recolección de ejemplares físicos.
Este hallazgo no sugiere que los parques eólicos submarinos sean intrínsecamente beneficiosos para el océano. La introducción de estructuras artificiales puede, de hecho, alterar las comunidades biológicas existentes, favorecer el desarrollo de ciertas especies e incluso facilitar la propagación de organismos invasores. La investigación buscaba precisamente entender cómo estaban siendo colonizados estos nuevos materiales.
Los resultados demuestran que una infraestructura concebida para la generación de energía puede transformarse con rapidez en un hábitat. En un fondo marino dominado por arena y grava, el acero de las turbinas y sus componentes aporta superficies duras que antes eran escasas en la zona. Así, bajo cinco turbinas diseñadas para aprovechar el viento del Mar del Norte, emergió un ecosistema vertical de casi 80 metros de profundidad, construido por miles de organismos que aprovecharon cables, cadenas, anclas y torres.
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