A cientos de metros bajo la superficie de Michigan, Estados Unidos, un equipo de científicos ha desvelado una comunidad fúngica sorprendentemente abundante y diversa. Este hallazgo, en un ambiente carente de luz y entre rocas formadas hace millones de años, emerge del análisis de agua extraída de pozos de gas.
Las muestras procedieron de seis pozos ubicados en la formación geológica Antrim Shale, con profundidades que oscilaban entre los 247 y los 556 metros. Los investigadores contabilizaron entre 4.200 y 6.800 células fúngicas por cada mililitro de agua, además de decenas de miles de otras células microbianas.
El estudio, publicado en The ISME Journal, aclara que la presencia de hongos en ambientes subterráneos no es novedad, ya que trabajos anteriores la habían documentado. La innovación radica en que esta investigación aporta las primeras estimaciones de biomasa fúngica en aguas del subsuelo, un dato inédito hasta ahora.
Para llevar a cabo la investigación, se recolectaron 80 litros de agua de cada uno de los seis pozos. Estos pozos habían estado en operación durante al menos una década, bombeando diariamente y habiendo extraído más de un millón de litros acumulados. Los ambientes analizados mostraron marcadas diferencias, desde agua dulce en el pozo menos profundo (247 metros) hasta una concentración salina considerablemente mayor en el de 556 metros.
Utilizando tinciones específicas y microscopía, los científicos contaron un total de entre 41.000 y 69.000 células por mililitro, de las cuales, como se mencionó, entre 4.200 y 6.800 fueron identificadas como fúngicas. Un detalle notable es que más del 99% de la biomasa fúngica observada correspondía a células individuales, una forma distinta de las estructuras filamentosas que usualmente se asocian con los hongos.
Los propios investigadores señalan que estas cifras deben tomarse como aproximaciones. Los métodos disponibles poseen limitaciones, y una parte de la vida microbiana del subsuelo podría permanecer adherida a las rocas en forma de biopelículas, no apareciendo necesariamente en el agua bombeada.
Una segunda fase del experimento se centró en identificar qué hongos podían ser recuperados vivos de las muestras. Para ello, se filtró el agua, el material obtenido se colocó en medios de cultivo y se incubó a 17 °C, una temperatura similar a la de su ambiente de origen.
Este proceso resultó en 205 cultivos puros, los cuales, mediante análisis genéticos, se agruparon en 67 conjuntos distintos. Los ejemplares pertenecían a dos grandes grupos de hongos, Ascomycota y Basidiomycota, distribuidos en 15 órdenes. Entre ellos destacó Irpex cf. lacteus, un hongo asociado a la podredumbre blanca, detectado en todos los pozos mediante secuenciación de ADN. Estos organismos son conocidos en la superficie por su capacidad para degradar lignina, un componente estructural de la madera, lo cual resulta particularmente relevante dada la composición de las rocas estudiadas.
La formación Antrim Shale se originó hace aproximadamente entre 383 y 359 millones de años, durante el Devónico Superior, a partir de algas planctónicas y restos vegetales depositados en antiguos sedimentos. Actualmente, estas rocas pueden contener hasta un 25% de materia orgánica en peso y son una fuente significativa de metano de origen biológico.
Los autores plantean la hipótesis de que algunos de los hongos hallados podrían participar en la degradación de este carbono antiguo, generando compuestos que, a su vez, serían aprovechados por bacterias y otros microorganismos productores de metano. Sin embargo, el estudio no ha demostrado directamente que los hongos estén realizando activamente este proceso. Su detección o incluso su cultivo en laboratorio no determina su actividad metabólica bajo tierra, ya que algunos microorganismos podrían encontrarse en estado latente.
El análisis genético de los cultivos también arrojó resultados intrigantes. De los 67 grupos obtenidos, 26 no pudieron asignarse con certeza a un género y 13 quedaron por debajo del umbral de similitud del 98% que se utiliza para relacionar un aislamiento con un taxón conocido. Un caso notorio fue el aislamiento denominado Teichospora sp. QM01, cuya secuencia presentó apenas un 74% de similitud con las referencias disponibles, ubicándolo fuera de las especies establecidas del género Teichospora tras un análisis filogenético.
Cabe aclarar que esto no implica el descubrimiento formal de 13 nuevas especies. Los autores señalan que estas diferencias genéticas sugieren una diversidad potencialmente no descrita, pero se requieren análisis adicionales para establecer nuevos taxones. Los representantes de los 67 grupos fueron depositados y preservados en el Herbario de la Universidad de Michigan, permitiendo que, además de las secuencias genéticas, otros investigadores tengan acceso a organismos cultivables para futuros estudios.
Este hallazgo abre así una ventana a un entorno difícil de observar directamente: un ecosistema microbiano oculto a cientos de metros bajo Michigan, en rocas que conservan carbono desde mucho antes de la aparición de los dinosaurios.
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